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martes, 15 de noviembre de 2016

A LA LUNA

14 de noviembre de 2016, la luna más grande desde hace 70 años:
Hombre que mira a la luna, Mario Benedetti

Es decir la miraba porque ella
se ocultó tras el biombo de nubes
y todo porque muchos amantes de este mundo
le dieron sutilmente el olivo

con su brillo reticente la luna
durante siglos consiguió transformar
el vientre amor en garufa cursilínea
la injusticia terrestre en dolor lapizlázuli

cuando los amantes ricos la miraban
desde sus tedios y sus pabellones
satelizaba de lo lindo y oía
que la luna era un fenómeno cultural

pero si los amantes pobres la contemplaban
desde su ansiedad o desde sus hambrunas
entonces la menguante entornaba los ojos
porque tanta miseria no era para ella

hasta que una noche casualmente de luna
con murciélagos suaves con fantasmas y todo
esos amantes pobres se miraron a dúo
dijeron no va más al carajo selene

se fueron a su cama de sábanas gastadas
con acre olor a sexo deslunado
su camanido de crujiente vaivén

y libres para siempre de la luna lunática
fornicaron al fin como dios manda
o mejor dicho como dios sugiere.


Sí, yo también miraba a la luna anoche...
... pero ya no más.

lunes, 13 de junio de 2016

En busca del tiempo perdido 1: Por el camino de Swann


"Hermosas tardes de domingo, pasadas bajo el castaño del jardín de Combray; tardes de las que yo arrancaba con todo cuidado los mediocres incidentes de mi existencia personal, para poner en lugar suyo una vida de aventuras y de aspiraciones extrañas".

Tengo 14 años y acurruco mi confusa adolescencia, siempre acompañada de un libro, en el alfeizar interior del pequeño ventanuco que da luz a la escalera de acceso a mi casa. Entre sus tapas escondo complejos, miedos e inseguridades, que según cumplo años comienzan a disolverse quedando sus restos adheridos a las páginas de esas novelas que me enseñaron a pensar, cuestionar y aceptarme. ¡Mágico el poder de la lectura! 

Tras varios intentos fallidos, arrepentida de que mi poco tesón me lo impidiera entonces, es ahora cuando, en mi presente de lectora afanosa y comprometida, he decidido partir Por el camino de Swann.

Pereza de alta cuna, lujuria que no entiende de clases, ira en ocasiones, algo de gula, avaricia encubierta, bastante envidia y mucha soberbia, es lo que se encontrarán quienes, buscando el tiempo perdido, tomen el camino desde Combray por el lado de Méséglise-la-Vineuse.

Pero Marcel no regala su arte. 

Al deleite que produce su obra no se llega sin esfuerzo. Sus recuerdos e impresiones laten escondidos en el fondo de largos párrafos, en ocasiones tediosos, cuya lectura desanimará a todos aquellos que, imbuidos del espíritu histérico-nervioso que las nuevas tecnologías han añadido a nuestra vida, se acerquen a Proust sin la capacidad necesaria para realizar una actividad minuciosa, en ocasiones pesada, con perseverancia. Es decir, sin la única virtud capital que el escritor nos exige y que no es otra que la paciencia.

Quien la tenga descubrirá que nadie como Proust, con su prosa de filigrana, diferida en el espacio y el tiempo, para enseñarnos a disfrutar de la felicidad, el placer o la belleza, que llega a través de los sentidos, del intelecto o del corazón.

Leer Combray, primera parte de Por el camino de Swann, es toda una experiencia sensorial: vista ("el tormentoso color violeta de los viñedos"), un sabor delicioso, una cucharada de té con un trozo de magdalena, gusto, que convierte "las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria" y te ayuda a dejar de sentirte "mediocre, contingente y mortal", tacto ("apoyaba blandamente mis mejillas en las hermosas mejillas de la almohada, tan llenas y tan frescas, que son como las mejillas mismas de nuestra niñez"), oído ("Un golpecito en el cristal, como si hubieran tirado algo; luego, un caer ligero y amplio, como de granos de arena lanzados desde una ventana de arriba, y por fin, ese caer que se extiende (…) adopta un ritmo y se hace fluido, sonoro, musical, incontable, universal: llueve"), olfato ("Eran habitaciones de esas de provincia que (…) nos encantan con mil aromas que en ellas exhalan la virtud, la prudencia, el hábito, toda una vida secreta e invisible (…) olores naturales, sí, (…) como de los campos cercanos, pero humanos, caseros y confinados").

En la segunda parte asistimos a una clase magistral de Proust sobre las costumbres de las clases sociales. Una crónica en rosa en la que, desde las veladas más elegantes y exclusivas en palacios aristocráticos, hasta las más chabacanas, pero igualmente exclusivas, en el saloncito de los Verdurín, conoceremos a una variada representación de la sociedad de la época. Príncipes y princesas, de Guermantes o de otros lares, arrogantes nobles a quienes la sangre autoriza a relacionarse cuando les plazca, donde les plazca y con quien les plazca; burguesones, de banales pensamientos e irrisorias preocupaciones ("bajo el bigote gris, labios de hastío, y una triste expresión, que no es tristeza, sino algo más y menos: el vacío del mundo en la oquedad de su cabeza"), apegados a férreas costumbres para diferenciarse de advenedizos de medio pelo; indolentes artistas que, a cambio de apetitosos almuerzos, someten gustosos su intelecto y genio a ordinarios mecenas que los exhiben cual piezas exóticas para alumbrar su círculo de íntimos; coloridas cocottes, entretenidas, prostitutas muy bien relacionadas, siempre a la caza de algún incauto y rico marido; toscos criados derrochando la sabiduría propia de la inteligencia no cultivada... En medio de todos ellos el narrador y su familia junto a Swann y la suya, el cogollito de la novela.

Arte, pasiones, relaciones humanas y el tiempo.

Vivirán el transcurrir inconstante y caprichoso de ese tiempo que salta, se dilata y contrae, a golpe de sensaciones; degustarán su textura, porque olores y sabores son los alfileres con los que Proust fija el recuerdo en la memoria: "cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo".

Mientras que Proust deja que el tiempo avance a su libre albedrío, nunca lineal, en un devenir alegre y despreocupado, Thomas Mann (para muchos su continuador), pesimista, sabedor de que el ser humano se encamina hacia su destrucción, hacia la muerte de la razón y el triunfo de la barbarie, en un acto de infinita tristeza, intenta detenerlo a la sombra de su Montaña Mágica.

Les recomiendo À la recherche du temps perdu, una novela exigente, sí, pero cuya lectura les reportará una gran satisfacción. Basta con ver la precisión y belleza con la que Marcel es capaz de expresar en palabras las situaciones más cotidianas de la existencia. Vean sino: "Hay días montuosos, difíciles, y tardamos mucho en trepar por ellos; y hay otros cuesta abajo, por donde podemos bajar a toda marcha cantando". 

¡Nada como leer a los clásicos!

jueves, 3 de julio de 2014

El ruido y la furia


La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”, (Macbeth, Acto V, Escena V).

No importa si este William tomó el título prestado de la obra de su tocayo Shakespeare: si has conseguido llegar a la última página habrás comprendido que esta novela difícilmente podría haberse llamado de otra manera.

El ruido, mucho ruido, te ensordece ya en el primer capítulo. No existe una narración como tal sino que Faulkner nos va presentado las premisas de un experimento literario, original y novedoso, antes de llevarnos a una conclusión argumental. Para ello utiliza a los tres hermanos varones de la familia Compson: como si de un videojuego invertido se tratara, nos obliga a empezar por el nivel más elevado a partir del cual, si logramos superarlo, comienza un descenso en el que cada escalón, representado por uno de los hermanos, te hace más accesible la historia. 

El nivel cuatro lo encarna Benjy. Faulkner comienza introduciéndonos en la mente del hermano idiota: andanadas de pensamientos sin orden ni sentido, mezclados en el tiempo pasado, presente y futuro. Giramos, caemos y volvemos a caer intentando desentrañar el nombre, el sexo, la raza o el parentesco de la persona que habla en cada momento, mientras nos ponemos del lado de Luster, “un hombre de 14 años. El cual no sólo era capaz de encargarse del cuidado total y la seguridad de un idiota que tenía dos veces su edad y tres su tamaño, sino que además le entretenía”, y exclamamos exasperados con él: “¿Es que no va a dejar de berrear y babearse?”.

Ruido.

En el nivel tres Quentin, “el cual no amaba la idea del incesto que no cometería, sino cierto concepto presbiteriano de su castigo eterno”, al que la familia le dio la mejor oportunidad, nos aturde con sus dilemas morales y sus sentimientos de culpa. Ese hermano tan considerado que, antes de suicidarse, esperó a “terminar el año académico en curso y así obtener todo el valor de su educación pagada por adelantado, (…) porque el trozo de terreno que había sido vendido para pagar la boda de su hermana y su año en Harvard, había sido la única cosa, exceptuadas esa misma hermana y la visión del fuego, que su hermano menor, idiota de nacimiento, había querido”.

Ruido.

El nivel dos nos acerca a Jason IV, soltero y sin hijos, el último de la dinastía. Privado de las oportunidades que tuvieron sus hermanos, en quienes se gastó todo el dinero obtenido por la venta del prado, “empleó sus propios ahorros procedentes de su escaso sueldo como dependiente de un almacén para mandarse a sí mismo a una escuela de Memphis donde aprendió a clasificar y valorar el algodón”. Distante, cruel, frío. ¿Y cómo no serlo? De los Compson, una familia sin posibilidad de redención, Jason, el último, el que no tiene alma, es quien debe cumplir la condena.

Furia.

Si tuviera que elegir un personaje de la novela sin dudarlo me quedaría con Jason. Privado del cariño y atención que el resto de los miembros de su familia se reparten entre ellos, crece solitario, apegado a su abuela cuyo fallecimiento representa un duro golpe porque supone perder el único vínculo afectivo que le hace sobrellevar su infancia. Me conmueve que, pese a su falta de cariño, tras la muerte de su padre “asumió la entera carga de su decadente familia en la decadente casa, soportando a su hermano idiota debido a su madre, sacrificando todos aquellos placeres que le hubieran correspondido por derecho y justicia y hasta por necesidad a un soltero de treinta años para que la vida de su madre siguiera siendo lo más parecida posible a lo que había sido”.


Él es la furia, “esa furia roja e insoportable que aquella noche, y a intervalos recurrentes de casi idéntica fuerza durante los siguientes cinco años, llegó a hacerle creer que en algún momento de descuido podría destruirle”.

Es indudable que en esta novela la FORMA tiene tanto protagonismo o más que el contenido. Es ella quien te zancadillea y es ella quien casi te tumba. Pero también es ella quien, si logras vencerla, te mostrará el premio por haber llegado al nivel uno: la satisfacción de haberte enfrentado a un gran escritor y haber salido indemne del reto intelectual que leer esta novela supone. 

Una lectura tan irritante en sus inicios como sorprendente según avanza y gratificante cuando llegas al final.

Una experiencia literaria costosa de digerir pero difícil de olvidar.


jueves, 22 de mayo de 2014

"Retrato (abstracto) de una dama", Henry James


Cuando la juncal y muy americana señorita Isabel Archer llega a Inglaterra, de la mano de su tía por parte de madre, el marido de ésta y su primo, que apenas sabían de su existencia, quedan fascinados por su aire curioso e impertinente a la par que retraído.

Criada junto a sus tres hermanas, por un padre poco dado a imponer reglas de conducta estrictas, crece libremente en un ir y venir desordenado, desde el nuevo mundo a la vieja Europa, en el que el único anclaje a una vida menos errante son las estancias pasadas en la bulliciosa y alegre casa familiar de la abuela.

De las tres hermanas la mayor es la práctica, la segunda la hermosa y ella es catalogada como la intelectual por su afición a leer y a dejar transcurrir las horas pensando, sobre todo en sí misma, algo ciertamente exótico para una época en la que lo habitual era que las mujeres esperaran sentadas a que pasara un hombre y les diera un futuro por medio del matrimonio.

Sus parientes ingleses consideran encantadora esa manera tajante, tan suya,  de afirmar o sostener opiniones, bastante endebles y fáciles de rebatir por mucho que ella crea firmes convicciones, y revitalizador su interés por preguntarlo todo, por saberlo todo, por verlo todo, pues “su ansia de conocimientos  era de índole verdaderamente fecunda, y el poder de su imaginación, muy grande”.

Isabel Archer es una cateta americana, una inteligencia sin pulir, una presencia que atrae y desconcierta a los miembros de la rancia y contenida clase alta inglesa.

Cuando apenas llevo unos capítulos de los cincuenta y cinco empleados por James para bosquejar su retrato (que defino como abstracto porque ofrece contornos poco definidos del personaje), más de ochocientas páginas, no puedo dejar de preguntarme: ¿que le deparará el destino a esta dama? ¿Mantendrá ese espíritu aparentemente indómito o se dejará amansar? ¿Se adaptará a los convencionalismos sociales para no sentirse excluida o aceptará el destino reservado a las mujeres que proclaman su diferencia y originalidad?

Mi instinto me dice que no lo va a tener nada fácil porque desconoce la presión que el grupo es capaz de ejercer sobre aquellos individuos que se resisten a la norma hasta conseguir su conformidad.

Ten cuidado Isabel.

ANÁLISIS DE “RETRATO DE UNA DAMA” (1880)

NOVELA: un culebrón en toda regla. Al igual que pasaba en “Tiempos difíciles" de Dickens, creo que se nota que son obras escritas por entregas y que a mayor número de palabras más cobraba el escritor. Muchos capítulos esperando que suceda algo y de repente, pasada con creces la mitad del libro, el narrador se apodera de la trama y te explica, con sus palabras, en pocos capítulos y de manera para mi gusto atropellada, cosas que te has estado preguntando a lo largo de la novela como el hecho de por qué Isabel cayó rendida a los pies de Osmond (¡porque era pobre y estaba solo!).

AUTOR: aunque le reconozco cierta gracia e ironía en los diálogos, la abundancia de éstos durante las casi 900 paginas me aturde. Hay veces que me gustaría que los personajes se callaran y me dieran unos minutos para reflexionar y hacerme mis propias cabalas sin que sea el escritor el que dirija mi atención todo el tiempo. Ese exceso de control que persigue logra el efecto contrario: me distraigo con una mosca.

PERSONAJES:

El tío rico: capaz de ver y vivir lo mejor de los dos mundos (la vieja y tradicional Inglaterra y el nuevo mundo americano).


Su mujer: capaz de ver, únicamente, lo peor de ambos mundos.

El primo: condicionado por su enfermedad, contempla desde su palco privilegiado la vida de los otros y disfruta moviendo los hilos de las marionetas para ver que les sucede.

El pretendiente inglés: educado, comedido, rico, elegante, discreto.

El pretendiente americano: atosigante, impaciente, exigente, menos guapo pero más atractivo.

La amiga periodista: bastante impertinente y agresiva como se espera de alguien que ejerce su oficio.

Madame Merle: la envidia. Intrigante, despiadada, antinatural, toda fachada.

Osmond: indolente, cruel, engreído...

La dama: la boba. Su creencia de que la espera un destino diferente al del resto de las mujeres, le lleva al mismo de cabeza...


EL MATRIMONIO:


Los tíos de Isabel, como no pueden vivir juntos por su forma tan diferente de ver la vida, solo comparten techo uno o dos meses al año. ¡Así convive cualquiera!

La Condesa Gemini, casada por un Conde florentino soso y jugador que se niega a salir de su ciudad porque fuera no es nadie, sobrelleva su matrimonio a base de, supuestamente, aventuras con otros hombres.

Isabel y Osmond: él se casa por dinero, es evidente, pero también convencido de que lo hace con una hoja en blanco que el podrá ir escribiendo a su antojo. Pronto ambos se dan cuenta de su error. Él no romperá el matrimonio. Ella, ¡desesperante!, oculta su desdicha e infelicidad porque su orgullo le impide admitir ante todo el mundo que la mayor promesa que hizo en su vida fue también su mayor error. Su padre no fue un modelo conyugal a seguir, precisamente...

Y yo me pregunto ¿por qué no se divorcian? Recuerdo que en “Tiempos difíciles” (1854) Josiah Bounderby le explicaba al pobre Esteban, el obrero, que el divorcio era un proceso complicado y sobre todo costoso solo apto, por tanto, para las clases privilegiadas como es el caso.

El autor se empeña en que el vínculo matrimonial es muy importante y yo no entiendo ese empeño y, desde luego, nada de lo que dicen o hacen los personajes te lleva a esa conclusión. ¡James introduce esa idea con cucharón!

El colmo es que a la moderna Henrietta, la única de la que se da a entender, de manera muy difusa eso sí, que mantiene relaciones sexuales despreocupádamente sin estar casada, acaba sucumbiendo, de la mano del escritor, y cayendo rendida a las bondades de esa santa institución, destino al que parecen condenadas todas las mujeres de la novela. ¡Pobre Madame Merle que se le murió el escuchimizado suizo y no encuentra un sustituto que cumpla sus expectativas!


LA FAMILIA:

Resulta sorprende el concepto de familia que se refleja en la novela por no coincidir en absoluto con el modelo de familia tradicional mediterránea proveedora de cuidados y apoyo a sus miembros.

Ralph Touchett, moribundo, deambula de un lugar a otro buscando el mejor clima para su salud, sin contar con el apoyo de su madre, quien sigue viviendo la vida sin dejar que nada ni nadie trastoque sus rutinas y que también se excusó del cuidado del padre salvo el último mes de su existencia.

Su prima, que dice quererle mucho, en ningún momento se plantea acompañarle en sus últimos días, porque su marido se enfadaría, y le encomienda dicha tarea, sin remordimiento, a su pretendiente americano para, de paso, quitarlo de su vista.

Osmond y su hermana no se soportan y apenas se relacionan lo necesario para ofrecer una determinada imagen de cara a la galería.

La relación entre Osmond y su hija, es fría. Él ve en ella un objeto maleable, decorativo y precioso que, llegado el momento, subastará al mejor postor, algo que le reportará ese brillo social que tanto ansía.

EL SEXO:

Bueno, su ausencia. Tienes que rascar veinte capas antes de descubrir que los personajes tienen relaciones sexuales. De hecho esto solo se deja entrever cuando, por ejemplo, nos enteramos de que Isabel pierde un hijo que esperaba o que a su amiga Henrietta (dicho por boca de su admirador inglés) no le importan las apariencias. En el personaje que más se da a entender es en la Condesa Gemini que es la suelta de la novela y, tal vez por eso, aparece retratada como uno de los personajes menos atractivos física y moralmente.

La escena final entre Gaspar, el pretendiente americano e Isabel, en la que él se lanza y le hace una encendida declaración de amor y deseo, que sorprende en el contexto neutro sexual en el que, hasta ese momento, se ha movido la historia, con beso arrebatador incluido, es el detonante que convence a Isabel de que lo mejor que puede hacer con su vida es volver con Osmond. Frente a una pasión desaforada y exigente elige una vida convencional y asexuada.

TÓPICOS:

Los ingleses son contenidos, poco expresivos, educados, fríos, anclados en un pasado que mantiene sus privilegios de clase alta.

Los americanos aparecen como rudos, directos, modernos, innovadores, defensores de la libertad e igualdad de clases.

CONCLUSIÓN:

La historia me ha recordado mucho a “La Edad de la inocencia” de Edith Wharton (quien se movió siempre en los círculos de la alta sociedad de Estados Unidos y de Europa, y en ésta conoció a Henry James, que ejercería una duradera influencia en su vida y su obra) y a “Las amistades peligrosas”, solo que en este caso, el libertino en ver de corromper la virtud de la dama busca su dinero y el triunfo social que ello le reportará.

La novela me ha gustado no por el contenido sino por cómo está escrita. Me parece un ejercicio obstinado de control, por parte del escritor, de los pensamientos, sentimientos y deducciones que la obra debe despertar en el lector y, en ese sentido, hay que reconocerle que no nos deja a nuestro aire en ningún momento.

EPÍLOGO:

El debate sobre la novela, en el Club de Novela Clásica de la Librería Taiga de Toledo, puso de manifiesto que las mujeres asistentes resultábamos demasiado apasionadas para el frío y contenido James y su heroína (estuviéramos a favor o en contra de ésta).


miércoles, 19 de marzo de 2014

“Tiempos difíciles”, Charles Dickens


El paso de Thomas Mann a Dickens fue fácil en el sentido de que “Tiempos difíciles” fluía en mi mente sin obligarme a detenerme cada poco para reflexionar sobre la frase o el párrafo que acababa de leer. Tanto era así que me aburría.
                                     
En los primeros capítulos Dickens hace cierta gala de un sentido del humor que parecía capaz de imprimir ritmo a la historia. Pero la ironía inicial casi desaparece para convertirse en una pesada letanía consistente en repetir los rasgos característicos de los personajes más antipáticos (Josiah Bounderby) para enfrentarlos con las exageradas bondades de los personajes más lacrimógenos (sobre todo Stephen Blackpool en el que se encarnan todas las virtudes de la clase obrera que representa).

Si tuviera que elegir un adjetivo para definir la novela sería “folletinesca”: descripciones largas, buenos muy buenos y malos muy malos, argumento un poco artificial y previsible... Desde el principio me recordó a las telenovelas (género televisivo, producido originalmente en varios países de América Latina, cuya principal característica es contar desde una perspectiva básica melodramática una historia de amor a lo largo de numerosos capítulos y que casi siempre tiene un final claro y determinado).

Lo que peor llevo es la simplicidad psicológica de los personajes.

Creo que Dickens escribe de una manera excesivamente suave. Sus crítica a las duras condiciones laborales que los obreros soportaban en las fábricas en la época de la primera industrialización (desde el año 1750 hasta 1840), a la enorme distancia que separaba a las diferentes clases sociales, al hastío e indiferencia de aquellos que vivían de la política o a la educación estricta que intentaba anular en la persona la fantasía y los sueños por dañinos e inútiles para la vida, se queda en la superficie.

La resignación de Cecilia, Raquel, Stephen, los pobres, ante los golpes de la vida, sin quejarse nunca, siguiendo su triste camino con unas convicciones morales inquebrantables,  sin un ápice de desanimo o desesperanza, resulta poco creíble. Menos aún la reconversión de Tomás Gradgrind, el defensor a ultranza de las realidades y las cosas eminentemente practicas, en padre entregado y devoto por simple contacto con la niña criada en el circo.

Ni te conmueve ni te emociona.

No sé por qué me da que lo mejor de haber leído esta novela va a ser escuchar las opiniones del resto de los miembros del Club de Novela Clásica. Tal vez ellos me ayuden a percibir matices que a mi se me han escapado.


domingo, 2 de febrero de 2014

Diario de una lectura inconclusa: "La montaña mágica" (epílogo)

En las páginas anteriores a ésta, acababa de conocer a Naphta personaje poco agradable, como la mayoría de los descritos por el Sr. Mann. Clawdia, tras la extraña declaración amorosa de Hans se marchó y Joachim tomó la determinación de partir igualmente en contra de la opinión médica.

En este último tramo de la novela ocurren dos suicidios, uno dentro y otro fuera, que rompen la monotonía reinante en el Sanatorio Internacional Berghof. Se producen dos regresos, tan temidos como deseados por nuestro protagonista, que cambiaran su vida para siempre: Madame Chauchat vuelve, acompañada de un amante viejo y rico, para, no mucho tiempo después, volver a partir para siempre. Joachim retorna, derrotado, para morir.

Antes de empezar a leer “La montaña mágica” escribí: “Si el destino quiere que descifre donde reside la magia de esta montaña, lo haré; en caso contrario, volverá al fondo de la estantería para seguir almacenando ese polvo, chivato y delator, que le recordará al mundo, y sobre todo a mí misma, que la novela me venció”.
 davos
Pues bien, lo he conseguido: hace una semana que terminé el libro dejando a Hans Castorp en la misma posición horizontal en la que han transcurrido siete largos años de su joven existencia aunque, por una vez, no decúbito supino sino decúbito prono “todos se echan de bruces bajo los proyectiles silbantes, para saltar luego y reanudar su carrera hacia delante (…) ¡Bella juventud, con sus mochilas y bayonetas!

En esta imponente obra, una biblia para ateos, Thomas Mann, entre otros muchos, le da todo el protagonismo a tres temas: el tiempo, la enfermedad y la muerte. El primero me aburre y nada quiero añadir sobre él. Al segundo, la enfermedad, el escritor otorga un elevado estatus, una gran fuerza tanto como instrumento creativo (en el blog de Rodrigo escribí una entrada sobre este tema (http://www.regimen-sanitatis.com/2013/12/el-poder-creativo-de-la-enfermedad.html) como elemento liberador de convencionalismos sociales y relajación de costumbres. Le demuestra un respeto que, lo admito, me sorprende y confunde.

El tercero, la muerte, es el que más me ha impactado, el único que ha conseguido que me emocionara. Si tuviera que elegir lo mejor de la novela sin duda alguna elegiría tres apartados que hablan sobre ella:
  • El que narra la muerte del abuelo Hans Lorenzo Castorp (“Sobre la pila bautismal y los dos aspectos del abuelo”).
  • El titulado “Danza macabra”.
  • La muerte de Joachim Ziemssen, lo más triste y enternecedor de toda la novela.
Creo recordar que, hablando de la novela, uno de los miembros del Club aludió a la posibilidad de que “La Montaña Mágica” fuese una representación del Purgatorio, ese estado transitorio de expiación donde, después de la muerte, aquellos que han fallecido sin pecado mortal, pero con pecados leves, deben permanecer para purificarse antes de entrar en el cielo. Yo no estoy de acuerdo. Si tuviera que elegir un concepto religioso para denominarla sería, sin lugar a dudas, el del Infierno, un estado de sufrimiento permanente. Una lenta agonía de la que apenas eras consciente embotado por las cinco copiosas comidas diarias; aletargado, adormecido, embrutecido por “Il dolce far niente” y la férrea y tramposa disciplina medica que busca, más que la curación, el conformismo y la entrega sin reservas.

La montaña mágica” es una cárcel de la que Hans Castorp solo puede escapar cuando estalla la guerra: “se vio salvado, liberado, no por sus propias fuerzas, como tuvo que reconocer para gran confusión suya, sino expulsado por las fuerzas elementales y exteriores (…). Pero aunque su pequeño destino se perdiese en el destino general, cierta bondad, cierta justicia que le atañía directamente se manifestaba a pesar de todo”.

Es ahora que he llegado al final, ahora que he leído las 974 páginas del libro, cuando debo preguntarme: ¿he comprendido dónde reside la magia de esta montaña? No estoy segura de tener una respuesta para esa pregunta.
“La montaña mágica” no es una historia al uso donde haya una trama a seguir cuyo desarrollo te mantiene en vilo. No se lee de un tirón, sino a trompicones: es una novela con badenes. Es tal la cantidad de conceptos, ideas y conocimientos que el Sr. Mann disecciona que realmente se te hace duro seguirle. Alguien del club comentó que el protagonista era aburrido o soso y al escucharlo me di cuenta de una cosa: los personajes no importan porque son simples instrumentos de comunicación. En cada una de las 975 páginas, el autor pone a prueba la paciencia, el intelecto y la lucidez del lector. “La montaña mágica” es un reto que solo podrás superar si posees una gran curiosidad e inquietud, ganas de aprender, y la suficiente humildad y seguridad en ti mismo como para reconocer que hay partes que no has entendido, al menos no a la primera.

Después de liberarme de la magia de Thomas Mann no he conseguido que libros menos exigentes atrapen mi atención. Y es que subir esta montaña me ha costado pero, como todos los aficionados al senderismo saben, lo peor siempre es la bajada.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Diario de una lectura inconclusa: “La montaña mágica” (V)


Día seis:

Por casualidad, buscando otra información en Internet, descubrí que en “Belle Époque”, de Trueba, Fernando Fernán Gómez le recitaba a Jorge Sanz un párrafo de “La montaña mágica”, algo que me sorprendió porque, pese a haber visto la película, no recordaba esa escena.

Ahora, al llegar al final del Capítulo V, me he dado de bruces con dicho párrafo: “(…) ¡Oh, encantadora belleza orgánica que no se compone ni de pintura al óleo, ni de piedra, sino de materia viva y corruptible, llena del secreto febril de la vida y de la podredumbre! ¡Mira la simetría maravillosa del edificio humano, los hombros y las caderas y los senos floridos a ambos lados del pecho, y las costillas alineadas por parejas y el ombligo en el centro, en la blandura del vientre, y el sexo entre los muslos! Mira los omóplatos cómo se mueven bajo la piel sedosa de la espalda, y la columna vertebral que desciende hacia la doble lujuria fresca de las nalgas, y las grandes ramas de los vasos y los nervios que pasan del tronco a las extremidades por las axilas, y cómo la estructura de los brazos corresponde a la de las piernas (…)”.

La sorprendente declaración de amor que le hace Hans a Clawdia es como una radiografía, pero no en el sentido de estar enamorado hasta los huesos o las trancas, sino que es una declaración anatómica de sentimiento, algo que, desde luego, tienes que releer porque te resulta tan chocante, tan distinto, tan extraño, que casi te parece que ella se marcha al día siguiente para huir de semejante demente.

La respuesta de ella, “Eres, en efecto, un adulador que sabe solicitar de una manera profunda, a la alemana”, me dejó desconcertada. ¿Quiere decir que sabe como requebrar a una mujer, sea cual sea su procedencia, o es una burla ante las palabras de él, dándole a entender que así podrá conquistar a una mujer de su país pero nunca a una rusa?

Ninguno como Quevedo supo expresar que el amor seguirá existiendo más allá de la muerte:

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansiosa y lisonjera

mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi alma el agua fría
y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido,
polvo serán, mas polvo enamorado.
 

En “Todavía alguien”, donde aparece por primera vez Naphta (“Era un hombre de baja estatura y delgado, iba afeitado, y era de una fealdad tan acusada que uno se sentía tentado de calificarla de corrosiva”) me he atascado: es una discusión abstracta y filosófica  cuya comprensión considero que está fuera de mi alcance (espero que alguien del Club me explique su contenido porque este apartado sí que me niego a leerlo dos veces como ya hecho con otros antes).

¡No me extraña que, después de dos encuentros con este nuevo personaje, Joachim tome la determinación de abandonar el Berghof!

“El Consejero”

Mi primer contacto con Cormac McCarthy fue a través de la fantástica película “The Road”, basada en la novela del mismo nombre (esta es parte de la crítica que escribí sobre ella: “The road” es, sobre todo, un viaje hacia nuestra conciencia, hacia la esencia misma de nuestra condición humana… Es un viaje del que vuelves afectado….). Le siguió “No es país para viejos”, tan impactante como la anterior.

Pero no fue hasta que leí una entrevista al actor James Franco con motivo de su adaptación al cine de otra de las obras de este autor, que dirige y protagoniza, cuando me decidí a comprar “Hijo de Dios”.

Cormac McCarthy es un escritor de esos que tanto nos gusta catalogar como “atormentados”, poco dado a conceder entrevistas o a embarcarse en promociones interminables, casi un ermitaño. Si te atreves a cruzar la puerta que te da acceso a su universo te encontrarás con que, cual araña venenosa, disfruta exponiéndote a su mundo interior para comprobar como eso te acaba perturbando. Porque McCarthy busca desconcertar al lector y, sobre todo, asquearte y removerte por dentro.

En “Hijo de Dios” la figura de Lester Ballard se nos presenta con toda la crudeza y el salvajismo posible. Nos hace participes de todas las perversiones por las que el ser humano siente mayor  rechazo (incesto, necrofilia, sadismo, asesinato, escenas escatológicas). No hay nada agradable en esta novela, es la narración de la involución de un hombre que vuelve a la caverna (física y espiritualmente) de la cual nunca debería haber salido.

Con estos antecedentes en mente tenía claro que llevar a la pantalla “El Consejero”, guión escrito expresamente para el cine, no iba resultar tarea fácil puesto que el escritor tiene fama de no serlo. Si le añadimos que también ejerce de productor…

Y no me equivocaba: Ridley Scott ha sido totalmente incapaz de poner imágenes a los diálogos escritos por Cormac y durante toda la película unas y otros parecen discurrir por caminos separados lo que hace prácticamente imposible enterarte de lo que estás viendo.

Pese a contar con buenas interpretaciones (masculinas porque las femeninas dejan bastante que desear) no entiendes la historia. El caso es que los diálogos, a veces como entrecortados, te cuentan lo que va a pasar, pero tú no comprendes por qué va a pasar eso ya que lo que vas viendo en pantalla no te lo indica.

Hasta el personaje más inesperado se dedica a aleccionar, advertir, instruir al pobre Fassbender, desde el joyero holandés al que le compra un anillo o el camarero de un bar de mala muerte de Ciudad Juárez, hasta, y sobre todo,  la ristra de narcotraficantes con los que se va cruzando en el camino que ha elegido (¡chico malo, chico malo!).

Al enterarme de que algunos críticos aseguraban que la película contiene escenas de “alto contenido erótico” (¡¡¡!!!.) no he podido dejar de sorprenderme y asumir que el erotismo es un concepto muy muy subjetivo, porque lo que a unos les ha parecido sexual e impactante, a mi me ha parecido ridículo y patético (¡que una escena de sexo con Fassbender produzca risa, algo que le debemos a nuestra Pe, ya tiene delito!).

Cuando acaba te ves incapaz de contar de qué va la historia, solo después de reflexionar sobre ella e intercambiar opiniones y comentar dudas con otros espectadores, consigues tener una ligera idea de lo que escritor y director nos querían relatar.

Me queda por resolver la cuestión del por qué de ese título: ¿quién o qué es “El Consejero”? Pensando sobre este particular he llegado a la conclusión de que esa función la ejercen en la historia todos excepto Fassbender a quien, en esta ocasión, le ha tocado el papel de discípulo díscolo que no hace caso a nadie y paga por ello.

Una ultima cuestión ¿quién creen que es el protagonista de la historia?

Pues no, se equivocan: yo afirmo que el protagonista es el camión.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Diario de una lectura inconclusa: “La montaña mágica” (IV)


Aunque solo llevo unas 360 páginas, menos de la mitad del libro, empiezo a percibir la evolución de los personajes y entender el papel que cada uno ocupa en la narración:
  • El burgués, distante y engreído Hans, cada vez más integrado en la sociedad que conforman “los de aquí arriba”, va desechando ideas y pensamientos que creía consolidados. A medida que va tomando conciencia de su cuerpo, por la evolución de la enfermedad que puntualmente le va siendo comunicada, comienza a liberar su espíritu y abrir su mente, trocándose así en el aprendiz perfecto, en el cada vez más entregado neófito del sentimiento amoroso.
  • Settembrini pasa de ser el despectivamente calificado como organillero italiano, la presencia a la que se atiende no sin cierto desden, a consejero moral y maestro de la vida, encontrando en Castorp un alumno más que entregado.
  • El doctor Behrens, la figura blanca, cuya capacidad profesional es cuestionada por padecer la misma enfermedad que trata de curar en otros, incapaz de abandonar el sanatorio, no tanto por motivos físicos sino por motivos sentimentales (la tumba de su esposa tira de él), parece buscar que en ese encierro voluntario, no exento de obligación, le acompañen todos los que  entran en el sanatorio como si de la mismísima puerta del infierno de Dante se tratara (“Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza ").
  • El doctor Krokovski, la figura negra, cual cuervo hambriento revolotea alrededor de los visitantes a los que raciona su atención, hasta que éstos adquieren la condición de pacientes pasando entonces a engrosar la lista de mentes disponibles para descerrajar con el psicoanálisis que practica (interesantes sus conferencias con el sugerente título de “El amor como factor patógeno”).
  • Clawdia Chauchat la musa pese a la resistencia inicial de Hans. Ese “agusanado” objeto de deseo. Hasta ahora en un papel secundario, sin voz, pero cada vez con mayor importancia en la escena, dado que su presencia o ausencia pasan a convertirse en el reloj que dirige y controla el tiempo (elemento recurrente, analizado y exprimido durante toda la novela) de Castorp.
  • Joachim Ziemssen es la constante en esta ecuación mágica. Firme en su estricta disciplina militar. Fiel a su deber de intentar curarse por todos los medios para volver al ejército, su sitio. Cumpliendo a rajatabla las prescripciones médicas, por absurdas que puedan parecer, en un intento, que parece vano, de no dejarse vencer por la desesperanza que infunde la enfermedad.
  • El resto de personajes, simples canalizaciones que conducen de unos personajes principales a otros,  aparecen y varían a lo largo del libro para intentar hacer más amena dicha transición.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Diario de una lectura inconclusa: “La montaña mágica” Interludio (bonita palabra)


Ante la insistencia de Rodrigo, mi firme intención de no dejarme influir por comentarios, trabajos o análisis de aquellos que, antes que yo, consiguieron terminar “La montaña mágica”, ha flaqueado. Al final he cedido a la tentación y acabo de leer la Conferencia que Thomas Mann impartió en la Universidad de Princeton en 1939.

Debo decir que nada en especial me ha llamado la atención en dicha conferencia, excepto tres cosas que han confirmado que mi comprensión de la novela avanza por el camino correcto. A saber:

El reconocimiento, por parte del propio autor, de que “La montaña mágica” es un libro muy alemán (yo advertí, en mi primer día de lectura, que mi rechazo inicial hacia el libro se debía, en parte, a que no me gustaba la forma de narrar del autor, la cual definí como marcial y estricta, particularidades estas muy presentes en el carácter del pueblo alemán).

Su afirmación de que si la novela te aburre debes dejarla: “El arte no debe ser tarea escolar ni aburrimiento (..) debe aportar alegría, debe entretener y dar vida, y aquel sobre el cual una obra determinada no ejerza este efecto debe dejarla y volcarse en otra”. Por eso abandone su lectura en dos ocasiones.

Que admita que la critica a la terapia practicada en los sanatorios, hilo conductor de la novela, no es más que una fachada, porque lo que realmente pretende la obra es desenmascarar y cuestionar todo aquello que subyace oculto en las cosas cotidianas de la vida (algo de lo que también he sido consciente y que refleje afirmando que por el rodillo inapelable del Sr. Mann iban pasando la música, el matrimonio, la literatura, etc).

lunes, 4 de noviembre de 2013

Diario de una lectura inconclusa: “La montaña mágica” (III)


Han pasado unos días desde que escribí las páginas anteriores a éstas y desde entonces no ha dejado de rondarme por la cabeza la respuesta de Septembrini a la pregunta de Hans sobre si le gusta la música: “Si me la imponen, no”.

El Sr. Mann que disecciona cualquier objeto o argumento con la precisión de un cirujano, despojándolo de “las flores y las trampas” que ocultan su verdadera esencia, también lo hace con la música a la que califica de “políticamente sospechosa”.

Nunca lo había pensado, pero es cierto que la música te puede mover tanto a la acción como ejercer un efecto narcotizante que devenga en un conformismo extremo. Lo mismo te proporciona identidad grupal (pertenencia a un país o tribu urbana a través del himno nacional, el rap o el heavy) que te aborrega hasta convertirte en miembro de una masa descerebrada que, sin pizca de vergüenza, se mueve de manera unánime al compás de “La Macarena” (no olvidemos que Clinton, durante la campaña para su reelección a la Presidencia de EE.UU. por el Partido Demócrata, se contorsionó a ritmo de sus notas sin pizca de vergüenza ni pudor, todo en aras de captar el mayor número de votos posibles… ¡y fue reelegido!)

Y en uno de los capítulos de “The Big Bang Theory”, la exitosa serie sobre un grupo de científicos brillantes con serios problemas para entender las convenciones sociales, cuando el Dr. Leonard Hofstadter y la Dra. Amy Farrah Fowler acuden juntos a una boda, para sentirse integrados y miembros del común de los mortales, bailan “Los pajaritos” con sus ridículos movimientos incluidos. ¡Too much!

En pocas páginas, pero muy densas, por el rodillo inapelable del Sr. Mann van pasando, además de la música, el amor y la enfermedad (“¿Bajo qué forma y qué mascara aparece el amor no admitido y reprimido? (…) Bajo la forma de la enfermedad”), la literatura (“Escribir bien supone casi pensar bien, y esto no está muy alejado del obrar bien. Toda la civilización y todo perfeccionamiento moral parten del espíritu de la literatura, que es el alma de la dignidad humana”), la competencia de un medico enfermo (“Su conocimiento científico de la enfermedad, ¿no se ve más bien turbado y confundido por la experiencia personal, que enriquecido y moralmente fortificado?), el matrimonio (“tal vez opina que llevar una alianza resulta demasiado burguesa (…) Además esa clase de anillos tiene algo de repulsivo, ¿no constituyen acaso un símbolo de sujeción? ¡Dan a las mujeres un carácter casi monjil, hacen de ellas unas santas hipócritas”).

Ya manifesté que detestaba su forma de narrar, por eso, para ser justa, debo reconocerle su maestría en el uso de la descripción, ya sea de personas, lugares, sentimientos o cosas: parco en palabras, tajante, pero tan hábil en la elección de calificativos que, ajenos a cualquier rastro de emoción, sin pizca de empatía, tan fríos que te hacen arrugar el ceño y renegar de lo que estás leyendo. Su dureza te impele a disociar al escritor del hombre por resultar bastante difícil asumir que alguien, con una pizca de humanidad, sea capaz de retratar a un congénere de esta manera: “¡Como se vestían las mujeres! (…) Hacían eso en el mundo entero para excitar el deseo nostálgico de los hombres. (…) Pero cuando la mujer está interiormente enferma, cuando no es en modo alguno apta para la maternidad, ¿qué ocurre entonces? ¿Tiene algún sentido que lleve mangas de gasa para despertar la curiosidad de su cuerpo a los hombres, de un cuerpo interiormente carcomido?

Por si acaso no nos había repugnado suficientemente su cuestionamiento del derecho de una mujer enferma a mostrarse atractiva ante los ojos de los hombres, vuelve a insistir más adelante: “(…) madame Chauchat estaba enferma, fatigada, febril e interiormente agusanada”.

Cruel, ¿no?

martes, 29 de octubre de 2013

Diario de una lectura inconclusa: “La montaña mágica” (II)



¿Tendrá Hans algo de razón cuando sostiene que lo más triste del mundo es ser estúpido y estar enfermo? A raíz de un desafortunado comentario, como la mayoría de los que suele hacer, sobre la señora Staehr, a la que acusa de “ignorancia supina” e insufriblemente quejicosa,  afirma que “un hombre idiota debe ser ordinario y estar sano y que la enfermedad hace al hombre refinado, inteligente y especial”, lo que le lleva a mantener una agria discusión con Septembrini que niega a la enfermedad cualquier estatuto de inspiradora, creativa,  noble o digna de respeto.

Aún estando de acuerdo con el caballero italiano, la lista de grandes escritores que padecieron o murieron de tuberculosis te deja sorprendida. ¿Podemos estar seguros de que la existencia de Gregorio Samsa (“Cuando se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo”), Mr Hyde  (era pequeño, pálido, producía impresión de deformidad, sin ser efectivamente contrahecho tenía una sonrisa desagradable, se había dirigido al abogado con esa combinación criminal de timidez y osadía, y hablaba con una voz ronca, baja y como entrecortada”) o Roderick Usher (La palidez espectral de la piel, el brillo milagroso de los ojos, por sobre todas las cosas me sobresaltaron y aun me aterraron. El sedoso cabello, además, había crecido al descuido y, como en su desordenada textura de telaraña flotaba más que caía alrededor del rostro, me era imposible, aun haciendo un esfuerzo, relacionar su enmarañada apariencia con idea alguna de simple humanidad) no nacieron fruto de los delirios febriles de Kafka, Poe o Stevenson cuando eran acuciados por su enfermedad?

¿Qué otra cosa, sino los síntomas de la tuberculosis que padecía, podrían haberle inspirado a Becquer la Rima LXI?:

Al ver mis horas de fiebre
e insomnio lentas pasar,
a la orilla de mi lecho,
¿quién se sentará?

Cuando la trémula mano
tienda, próximo a expirar,
buscando una mano amiga,
¿quién la estrechará?

Cuando la muerte vidríe
de mis ojos el cristal,
mis párpados aún abiertos,
¿quién los cerrará?

Cuando la campana suene
(si suena, en mi funeral),
una oración al oírla,
¿quién murmurará?

Cuando mis pálidos restos
oprima la tierra ya,
sobre la olvidada fosa,

¿quién vendrá a llorar?

¿Quién, en fin, al otro día
cuando el sol vuelva a brillar,
de que pasé por el mundo,
¿quién se acordará?

Menos mal que otros, como D.H. Lawrence, volcaron su calentura en personajes como el guardabosques y Lady Chatterley, llevándolos a explorar aspectos más agradables de la existencia humana: “Fue una noche de pasión sensual, en la que ella se sintió un poco asustada y casi renuente, traspasada de nuevo por los penetrantes estremecimientos de la sensualidad distintos y más agudos y terribles que los de la ternura, y en ese instante, más deseables. Aunque un poco asustada, le dejó hacer, la desnudó hasta lo más profundo haciendo de ella una mujer distinta. No era amor, verdaderamente. No era voluptuosidad. Era una sensualidad aguda, y abrasadora como el fuego, que hacía arder el alma como una tea". 

Aunque seguro que más de uno pensará que quien más grave estaba, quien más alucinó con su enfermedad fue Rousseau cuando escribió: “Poblad con igualdad el territorio, estableced idénticos derechos, llevad por todas partes la abundancia y la vida y el Estado llegará a ser el más fuerte a la vez que estará lo mejor gobernado posible”.

El apartado “digresión sobre el tiempo”, que te exige una lectura atenta, me parece deprimente por su insistencia en el hastío, la monotonía y el vacio. ¡Mala lectura para nostálgicos!

Menos mal que en “Hippe” la experiencia homosexual de Hans, por mucho que éste se niegue a definir ni clasificar su atracción porque así cree preservarla del resto del mundo, nos ayuda a dejar los grandes conflictos morales y existenciales por otros más terrenales y menos convulsos.

Hans, Hans…  ¡que difícil se hace apreciarte!

miércoles, 23 de octubre de 2013

Diario de una lectura inconclusa: “La montaña mágica”


Por tercera vez me enfrento al reto que supone leer “La montaña mágica”. Las dos anteriores fracasé incapaz de pasar de los primeros capítulos, presa, lo confieso, de un aburrimiento mortal que me impedía seguir adelante y me obligaba a preguntarme, una y otra vez, qué es lo que hacía a este libro tan especial, por qué tantos autores, a los que admiro, se referían a él como una obra maestra de la literatura (uno de los que me viene ahora a la cabeza es Terenci Moix en sus memorias “El peso de la paja”, aunque no recuerdo exactamente en cual de los tres volúmenes, que componen las mismas, la cita).

Como no era capaz de escapar de ese sanatorio, empecé a pensar que quizá carecía de la formación necesaria para entender la novela, aunque, siendo sincera, creo que se trataba más de fastidio por no encontrar en esas primeras páginas algo que atrapara mi atención y me desvelara el secreto de tan aclamada obra.

Si lo piensas bien es fácil suponer que si Thomas Mann tardó más de diez años en completar este texto tampoco podía estar al alcance de cualquier lector si éste no estaba dispuesto a arremangarse, bregar contra las dificultades y no dejarse arrastrar por las primeras impresiones.

Por eso he decidido que vamos a reencontrarnos, el libro y yo, en la calidez e intimidad de mi rincón de lectura, para emprender juntos el camino del mutuo entendimiento. Vamos a iniciarlo sin influencias externas, sin prefacios  aclaradores ni eruditos empeñados en ejercer una labor de interpretación que nadie les ha pedido.

No quiero que me expliquen lo que esta obra representa, lo que debo sentir al leerla ni que me desvelen su simbología si es que la tiene. Como aficionada al senderismo de montaña conozco bien el esfuerzo que supone llegar a lo alto, pero también sé del placer que ello comporta.

Si el destino quiere que descifre donde reside la magia de esta montaña, lo haré; en caso contrario, volverá al fondo de la estantería para seguir almacenando ese polvo, chivato y delator, que le recordará al mundo, y sobre todo a mí misma, que la novela me venció.

En el último tramo del viaje desde Hamburgo hasta Davos, subida en el traqueteante, renqueante y ruidoso tren alpino, acompaño al protagonista,  Hans Castorp, hasta el Sanatorio Internacional Berghof, situado en una montaña a más de 1.600 metros de altitud (este dato, puesto que desde hace varios años paso mis veranos en el Pirineo oscense, alojada en el Hospital de Benasque, a 1.750 metros de altura, no me impresiona pero me ayuda a empatizar con Hans y su estado de ánimo ante un paisaje tan espectacular y ajeno, donde tan fácil resulta perder la noción del tiempo).

El primer capítulo me resulta anodino. Paso por él, nuevamente, sin que nada despierte mi curiosidad salvo el uso de alguna palabra poco usual que puede deberse tanto al escritor como al traductor.

El segundo es otra historia. Recurriendo a la analepsis (me encanta emplear este término en vez del anglicismo flashback) el escritor nos traslada a la infancia de Hans, y ahí sus reflexiones sobre el fin de la vida me impactaron: no recuerdo haber leído una descripción de la muerte tan real, tan fría, sin resquicios por los que puedan colarse falsos sentimentalismos o ataques tardíos de fe redentora que hagan de ese momento algo medianamente llevadero. ¡Realmente impresiona!

“(…) murió tras largos tormentos y luchas, pues (…) era de una naturaleza difícil de abatir y profundamente arraigada en la vida”. Estas palabras me hicieron recordar a alguien a quien, pese a no ser de mi familia, apreciaba y cuya muerte sentí. Reproduzco lo que escribí en su memoria:
 In memoriam

Ha muerto Santiago con 84 años, muy peleados, a las costillas. Lo ha hecho en silencio y soledad.

Apenas un año ha sobrevivido a su mujer, casi como si se hubieran puesto de acuerdo para no demorar su reencuentro donde quiera que vaya uno cuando se va.

Lo conocí ya mayor pero seguía siendo un “polvorilla”. Bien dicen que “el que tuvo retuvo” y los años no le restaron ni un ápice de la sorna manchega ni de ese genio del demonio que lo caracterizaba. Con la misma facilidad con la que se tomaba un carajillo en “La Sociedad”, era capaz de estar todo el día trabajando y al regresar al pueblo aún le quedaba ímpetu suficiente para quedar mal con toda la familia (bastante numerosa por cierto) si hacía falta.

Famoso por sus prontos y su incapacidad para pedir disculpas a mí siempre me hizo gracia. Creo que nos respetábamos porque ambos adivinábamos en el otro la misma guasa y parecido carácter.

A la muerte le ha costado llevárselo porque su resistencia ha sido salvaje, casi brutal, hasta el final, como correspondía a un hijo de su tiempo.

Sentí su muerte y mucho, pero también alivio cuando dejó de luchar.

¡Descansa en paz!

En su honor, unos versos de Machado que parecían escritos para él:

Al fin, una pulmonía
mató a don Guido, y están
las campanas todo el día
doblando por él: ¡din-dan!


Murió don Guido, un señor
de mozo muy jaranero,
muy galán y algo torero;
de viejo, gran rezador.


Gran pagano,
se hizo hermano
de una santa cofradía;
el Jueves Santo salía,
llevando un cirio en la mano
¡aquel trueno!—,
vestido de nazareno.


Hoy nos dice la campana
que han de llevarse mañana
al buen don Guido, muy serio,
camino del cementerio.


Buen don Guido, ya eres ido
y para siempre jamás...
Alguien dirá: ¿Qué dejaste?
Yo pregunto: ¿Qué llevaste
al mundo donde hoy estás?


Buen don Guido y equipaje,
¡buen viaje!...
El acá
y el allá,
caballero,
se ve en tu rostro marchito,
lo infinito:
cero, cero.


¡Oh las enjutas mejillas,
amarillas,
y los párpados de cera,
y la fina calavera
en la almohada del lecho! 


Día 2:
El capítulo tres sirve para que el autor, a través de los ojos burgueses, faltones y llenos de prejuicios de Hans, nos vaya presentando a la variada fauna que habita el sanatorio. En esa primera toma de contacto ninguno de ellos logra un veredicto agradable. A quien no califica directamente de bajo, sucio o feo, tilda de inculto, ignorante o grosero, sin ser consciente de que, al hacerlo, nos está ofreciendo su propio retrato: el de un joven endeble, falto de carácter y voluntad, aficionado a los placeres de la vida, acostumbrado a una existencia cómoda, petulante, egoísta y bastante vanidoso ¡No se hace simpático la verdad!

Al acabar este capítulo me he dado cuenta de por qué siento rechazo hacia este libro: no me gusta como está escrito. No es el contenido es la forma. He leído que los nazis despreciaban “La montaña mágica” porque consideraban que elogiaba la decadencia  y que se burlaba del heroísmo militar que ellos propagaban. Aún es pronto para saber si eso es cierto o no, pero, ahora mismo, si  tuviera que elegir una palabra para definir el estilo literario de Thomas Mann sería marcial. Su forma de narrar, que parece discurrir al ritmo de una marcha militar, es pulcra, distante y estricta: estos son los personajes, estos los hechos, esta la historia. 

Veremos como continua....