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domingo, 17 de diciembre de 2017

LA LIBRERÍA


El libro es fuerza, es valor,
es poder, es alimento;
antorcha del pensamiento
y manantial del amor
”, Rubén Darío

En 1959, con los ecos de la guerra aún resonando en la memoria y la gente luchando para superar sus secuelas, una viuda, que intenta recuperarse de la devastación emocional por la muerte del marido, decide abrir una librería, The Old House Bookshop, la primera, en una pequeña localidad de la costa británica. El pasado.

Su amor por los libros (hilo emocional que la mantiene unida al recuerdo del esposo fallecido con quien compartía la pasión lectora) y su decisión chocan frontalmente con la soterrada oposición de los habitantes del lugar, liderados por la doña del pueblo que planea para el hermoso edificio elegido unos menesteres en los que esa librera, tan delicada de apariencia como resuelta, y su coraje no tienen cabida.

Entre trabas legales y bancarias, que buscan minar su resolución, relaciones con vecinos que callan más que hablan y solitarios paseos por unos paisajes de ensueño, Isabel Coixet (que, lo confieso, no se encuentra entre mis directoras favoritas) nos hace participes, con exquisita sensibilidad y contagiosa ternura, del proceso catártico de Florence Green (maravillosa Emily Mortimer) para superar el dolor de la pérdida y seguir adelante con su vida.

Una mirada crítica, no exenta de elegancia, sobre una comunidad pequeña que movida por la envidia e incomprensión se opone a cualquier cambio que pueda alterar el orden establecido. Gente moralmente fea.

Un hermoso relato sobre el encuentro, a destiempo, entre dos personas, Florence y el huraño Sr. Brundish (Bill Nighy), que se reconocen y, por encontrarse en diferentes momentos vitales, se añoran. El presente.

Christine, la pequeña ayudante de Florence, niña soñadora, fuerte e independiente, con una capacidad para analizar los hechos cotidianos y calar a las personas de una manera sorprendentemente madura para su edad. El futuro.

Y la revolución pacífica y silenciosa de los libros, auténticos protagonistas de la historia. Libros aborrecidos (el personaje interpretado por Bill Nighy destroza La inquilina de Wildfell Hall y otras obras de “esas odiosas hermanas Brontë”), libros para descubrir nuevos autores (Fahrenheit 451 de Ray Bradbury) y esperar anhelante su siguiente novela (El vino del estío), libros para escandalizar (Lolita de Nabokov) y seguir alimentando polémicas venideras.

Libros que acompañan. Libros que remueven. Libros que enamoran. Libros que calman la angustia. Libros que sanan el alma. Libros que permanecen. 

Para quienes adquirimos en la niñez el gusto por la lectura, es esta una película evocadora que nos retrotrae a todos aquellos momentos en los que la magia escondida en cada uno de los libros que devoramos en la intimidad nos liberó del miedo. Entre sus tapas olvidamos complejos e inseguridades que, a medida que cumplimos años, fueron disolviéndose, quedando sus restos adheridos a las páginas de los cuentos y novelas que nos enseñaron a pensar, aceptarnos y cuestionar.

Los adictos a la tecnología se aburrirán.

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe...”, Ray Bradbury


Crítica publicada en DCLM  y CLM24.

EL AUTOR

Álvaro, que trabaja en una notaría, está casado con Amanda, una exitosa escritora de best‐sellers. Cuando el matrimonio fracasa y pierde su empleo, decide empezar una nueva vida intentando cumplir su gran sueño: escribir una novela, pero no una cualquiera sino una de las que permanecen. El problema es que Álvaro, que lleva años tirando el dinero en simposios y talleres literarios, no tiene nada interesante que contar, no tiene facultades ni tiene imaginación.

A partir de esa premisa, Manuel Martín Cuenca, el director, nos narra como un hombre anodino, incapaz de ver la realidad o de enfrentarse a ella, descubre que la mejor manera de pergeñar un argumento, mínimamente original, es crearlo uno mismo con personas reales.

Una comunidad de vecinos, menos desquiciada y bizarra que la de Alex de la Iglesia, compuesta por la portera chismosa, que cae en los brazos de Álvaro transida de amor, y su desvencijado marido, una pareja de inmigrantes con problemas para llegar a fin de mes y un anciano huraño y xenófobo aficionado al ajedrez, son los ingredientes con los que cuenta nuestro protagonista para cocinar la novela de su vida, tutelado por el profesor que le imparte las clases de escritura creativa (un Antonio de la Torre que es de lo mejor de la cinta), su particular garrapata, quien aprovechándose de la cerril ceguera que aqueja a este aspirante a autor y le impide ver sus nulas capacidades literarias, no solo lleva años chupándole la sangre sino que se las apaña para encontrar nuevas fórmulas para seguir haciéndolo en el futuro.

Tan brillante como laberíntica, tan ofuscada como libre, profunda a fuerza de superficial”, dice Luis Martínez de El Mundo. “Inteligente, atrevida y rara”, la define otro. “Busca un público más exigente”, apostilla un tercero. Si ante tamaña unanimidad de los más afamados críticos cinematográficos del panorama nacional a la hora de alabar las excelencias de esta obra, llegamos a este punto y El autor no te ha encandilado, como me sucedió a mí, entramos en terreno pantanoso.

La etiqueta de inteligente aplicada a una película siempre me ha mosqueado porque implica que si no te encanta es porque no la has entendido y, en consecuencia, eres más tonto que Abundio, ese prócer de nuestra cultura popular que cuando iba a vendimiar se llevaba uvas de postre.

Pero por mucho que una no se considere una lumbrera, no creo que éste sea el caso. Capto perfectamente la intención satírica de la propuesta: el director busca ridiculizar el proceso creativo y burlarse de quienes, al democratizar la escritura por intereses espurios, han convencido a personas de todo tipo y condición de que pueden dedicarse al noble oficio de la escritura solo con tesón y sin pizca de talento. Todo ello narrado de una manera supuestamente aguda que yo, supuestamente obtusa, no supe apreciar.

El piso al que nuestro autor se traslada para acometer su gran reto, grande, luminoso y sin apenas muebles, empieza como metáfora de la hoja en blanco que espera una explosión de creatividad de ese autor en ciernes y termina convertida en metáfora de su vacío intelectual y falta de escrúpulos.

Pero que alguien sin genio ni habilidades, incapaz de reconocer sus carencias y aceptarlas, de pronto (¡Allez hop!) se convierta en un maquiavélico titiritero que, para escribir una historia real que supere a la ficción, hace danzar a su antojo a marionetas de carne y hueso, lo siento pero no me lo trago.

Ser un gran manipulador conlleva una gran inteligencia y este autor carece de ella por lo que, desde el principio, se intuye que acabaran dándosela con queso, algo que, por previsible, le resta interés al asunto y ahonda el tedio.

En cuanto al sentido del humor, ni siquiera la literalidad con que Álvaro pone en práctica el consejo de su mentor (“para escribir bien hay que poner los cojones sobre la mesa”) logra arrancarme una sonrisa.

Así que no soy yo, es Manuel Martín Cuenca.

Caníbal, la otra película de este director que he visto, una “rara avis” en el universo de los filmes sobre asesinos en serie, de monótona aburre. Es más, por mucho que el respetable sastre granadino guste maridar un buen vino con apetitosos trozos de mujeres desconocidas, es tan estoica la interpretación de Antonio de la Torre que en ningún momento llega a aterrorizarte, más bien te da modorra (ojo, que puede que la culpa no la tenga el director sino el empacho de grasa femenina, no digo yo que no).

En El autor escucho hablar de envidia, frustraciones varias y perfidia, pero ninguna de ellas me llega como espectadora.

Como decía Orson Welles, “Lo peor es cuando has terminado un capítulo y la máquina de escribir no aplaude”.

En el Festival Internacional del Cine y la Palabra, CIBRA, Javier Gutiérrez recibió el premio a la mejor interpretación masculina por El autor, su último trabajo, adaptación de uno de los cinco relatos incluidos en El móvil, primer libro de narrativa de Javier Cercas publicado en 1987.

Yo sigo prefiriendo al Javier Gutiérrez de La isla mínima.


Crítica publicada en DCLM  y CLM24.








PERFECTOS DESCONOCIDOS

Antes de empezar con esta reseña, para que quede claro desde el principio, quiero decir tres palabras: BRAVO, BRAVO, BRAVO.

En un lujoso ático madrileño, cuatro parejas, amigos desde siempre, se reúnen para cenar y contemplar el eclipse que les regalará una Luna de Sangre que, según antiguas profecías y supersticiones, siempre anuncia un evento apocalíptico.

Para esquivar al aburrimiento uno de ellos propone un juego: dejar los móviles sobre la mesa y, cuando suenen, escuchar y compartir, en voz alta, todas las llamadas, mensajes y wasaps que lleguen.

Ese entretenimiento, en apariencia inocente, demostrará que no se conocen como pensaban y que todos y cada uno de ellos guarda secretos inconfesables. Cuentan que la luna y los eclipses desatan la locura en animales y personas (la mitología del hombre lobo surge de la creencia de que las personas se convierten en bestias bajo la luna llena). ¡Malos presagios para organizar una reunión!

En un ejercicio de contención supremo, Alex de la Iglesia somete su natural tendencia a disparatar para presentarnos una tragicomedia en el sentido clásico del término, cuyo tema central son las relaciones de pareja. En un escenario cerrado, un grupo de personajes, revestidos de ironía para la ocasión, ridiculizan los matrimonios y rupturas propias y de los demás, criticando los principales inconvenientes de estar casado o separado con un sarcasmo hiriente, disfrazado de buenismo, que siempre sabe cómo poner el dedo en la llaga.

Mientras que a Perfetti sconosciuti (la película del director Paolo Genovese en la que está basada que obtuvo un gran éxito en Italia) la crítica española le dio duro, su traslación alrededor de la cultura patria le ha proporcionado esa mala leche, tan nuestra, que nos hace reír a mandíbula batiente con los problemas de los demás, especialmente si están relacionados con el sexo y cualquier malentendido asociado a él (infidelidad, preferenciales sexuales, disfunciones eréctiles, etc.).

Los siete actores principales están tan impresionantes que, como se suele decir ahora, se salen. Ninguno destaca por encima de los otros porque todos juntos componen un puzle tan magnifico que casi, casi, te dan ganas de abrazarlos para agradecerles el buen rato que te han hecho pasar. Pero si tuviera que elegir a uno de ellos me quedaría con Ernesto Alterio que, como abogado pervertido pero mucho más tolerante en el fondo que quienes presumen de abiertos, encarna de manera magistral el espíritu dual de la tragicomedia.

No dejaba de acordarme de un Dios salvaje, de Roman Polanski, en la que, a raíz de una discusión entre críos, dos parejas se reúnen en el espacioso salón de un apartamento neoyorquino para dialogar, razonar y discutir sobre el tema. Existe similitud entre ambas propuestas, pero mientras que en la película de Polanski, totalmente estática, te ves envuelto en una verborrea permanente, imparable, irritante, que te hace removerte incomoda en tu butaca, el ritmo que imprime Alex de la Iglesia a la suya te atrapa desde el principio y te lleva en volandas, muerto de risa ante tanta situación esperpéntica, sin que apenas seas consciente del transcurso del tiempo.

Como toda tragicomedia que se precie, dispone de un final feliz aunque, como mandan los cánones, dicha felicidad solo llega, tras mucho padecer, minutos antes de bajar el telón.

Pero… ¿consiste en eso la felicidad?

Perfectos desconocidos es un raro espécimen, por lo poco habitual, de película redonda: buen guion, buenas interpretaciones, buena dirección y preciosa fotografía, todo eso sin olvidar la originalidad de los títulos de crédito que lleva camino de convertirse en marca de la casa.

Cine español del bueno.


Crítica publicada en DCLM y en CLM24

jueves, 2 de noviembre de 2017

Thor: Ragnarok

Correcta, fatigosa o ridícula son algunos de los epítetos con los que la crítica especializada recibió a Thor, primera de la saga, dirigida por Kenneth Branagh. Con Thor: el mundo oscuro, de Alan Taylor (plana, poco original), la cosa no mejoró. Para la tercera, Thor: Ragnarok, Marvel Studios ha encomendado a Taika Waititi (director, escritor, pintor, comediante y actor neozelandés) un cambio de imagen del dios nórdico, corte de pelo incluido, que está cosechando excelentes resultados en taquilla.

Así comienza…

Se abre el telón y aparece en pantalla Thor, hijo de Odín, encerrado en una especie de jaula red, en un remoto lugar y sin su martillo. Como el demonio de fuego Surtur, su captor, parece más que dispuesto a convertirlo en fårikål (cordero cocido con repollo y granos enteros de pimienta), en vez de la cuerda normal y terrícola que recomiendan en MasterChef Celebrity para bridar la carne, al tratarse de un cacho dios asgardiano de más de dos metros y venas como tuberías, utiliza gruesas cadenas para que “el borrego” permanezca tranquilito mientras, como exige esa rica especialidad culinaria noruega, es cocinado a fuego lento. 

Cuando Surtur, cuyo poder es de proporciones apocalípticas, le anuncia la llegada del Ragnarok (la destrucción de su planeta), inicia una carrera contra reloj para regresar a Asgard y proteger a su pueblo.

De camino a casa es apresado por una chatarrera muy hard, valkiria por más señas, que lo entrega al Gran Maestro del Circo de Saakar (un amanerado Jeff Goldblum), donde acabará luchando contra el increíble Hulk, aliado y compañero en los Vengadores (su pelea sobre la arena del coliseo alienígena, jaleados por una autentica marea verde, es espectacular).

¿Qué es Thor: Ragnarok? Una auténtica KDD (kedada) en mayúsculas. Una colisión de superpoderes (además de Odín, Loki y Hulk, al Dios del Trueno también lo acompaña el Doctor Strange); un encuentro de actores famosos casi irreconocibles en sus cameos (Sam Neill, Matt Damon o Liam Hemsworth); una legión de fans buscando estrechar lazos con su superhéroe favorito.

Lo más destacable de esta tercera entrega es, sin duda, la entrada por la puerta grande de la primera supervillana del universo Marvel. Cate Blanchett, una de las mejores actrices del panorama actual, da vida a la primogénita de Odín, la inquietante y oscura Hela, diosa de la muerte, que con su imponente presencia, seductora manera de caminar y glamour black, mientras lucha para hacerse con el trono de Asgard parece gritarle a los cuatro vientos aquello de “voy a ser poderosa porque rica ya estoy” ¿Lo consigue? Ya lo verán, únicamente puedo decir que Thor no solo acaba trasquilado cual oveja asgardiana, sino que en esta ocasión atreverse a blandir el Mjölnir, su poderosa “herramienta” de guerra, contra su hermana tendrá imprevistas y demoledoras consecuencias.

Aventura, lucha y diversión ¿en su dosis justa?

Que Chris Hemsworth esté tan impresionante en mallas, no impide darte cuenta de que Thor es un superhéroe poco arrebatador y tirando a soso. De ahí que Waititi se haya propuesto, dado que el físico lo lleva de serie, insuflar chispa al dios nórdico a base de humor.

Y sí, la película es divertida a ratos pero, que quieren que les diga, ciento treinta son demasiados minutos para evitar que tanto cachondeo acabe convirtiendo la película, como de hecho ocurre, en una parodia al más puro estilo Scary Movie, aunque sin palabras soeces ni escenas escatológicas.

Pese a todo, entretiene.


Crítica publicada en los digitales dclm y clm24.



domingo, 2 de julio de 2017

Desmontando a Wonder Woman

Que se atrevan a catalogar a Wonder Woman de “icono feminista”, amén de un rojo, doloroso y picante sarpullido, me produce, por lo insultante, tremenda indignación. Que alguien escriba “rompe con los moldes del género", cuando ese alguien es una mujer (Sheri Linden periodista en The Hollywood Reporter), me provoca un estupor que ni te cuento.

Que Janire Zurbano (Cinemanía), presa de un pueril entusiasmo por el supuesto mensaje feminista que, a su entender, encierra la película, asegure que "Una mujer puede protagonizar un blockbuster, dirigirlo y hasta conseguir algo mejor que El caballero oscuro. ¡Viva, viva y viva!", me deja boquiabierta. Si tenemos en cuenta que El caballero oscuro suele encabezar los rankings de las mejores películas sobre Batman, que la saga dirigida por Christopher Nolan se encuentran, por consenso unánime de crítica y público, entre las mejores de superhéroes que se han rodado, y que he visto la película de Patty Jenkins, no me queda otra que preguntar: ¿En serio Janire, mejor que El caballero oscuro

Y es que si quieren saber el verdadero tono cromático y nivel de glucosa en el que se mueve esta “novedosa” propuesta, basta con leer lo que Chris Hewitt, para alabar el trabajo de la protagonista femenina, publicó en la revista de cine inglesa Empire: “Lo de esta chica es, sencillamente, genial. Está excelente. Hasta su romance con Steve es algo encantador; tanto que logra mantenerte pegado a la pantalla". Encanto y romance son dos elementos que, como los aficionados saben, resultan imprescindibles en toda cinta de acción y seres con poderes sobrehumanos que se precie y, por tanto, lo único que precisa Jenkins para ratificar que su película no va, como le gusta decir, de “una mujer-superhéroe”, sino de “un superhéroe” en género neutro… ¡Acabáramos!

¿Con qué genero neutro, eh? Veamos. 

Primero la genealogía. William Moulton Marston, su “padre”, pionero defensor del poliamor (mantenía relaciones con dos mujeres a la vez y éstas las mantenían entre sí, pero nada de otros gallos en el corral poliamoroso), fue un feminista digamos “estratégico” ya que, como aficionado reconocido al bondage (práctica sexual en la que una persona domina y la otra, atada, se entrega), preconizaba que la mujer podía ser fuerte y poderosa como un varón, sí, pero que la única manera de alcanzar ese estadio superior era a través de la sumisión… Feminista no sé, pero listo fue un rato porque no solo logró convertir en realidad la fantasía sexual favorita del ¿99,9 %? del universo masculino, sino que elaboró toda una teoría sobre su conveniencia. 

Después la onomástica. Mientras ellos ostentan nombres que recuerdan al lema olímpico “Citius, altius, fortius”, es decir, "más rápido” (The Flash/ El destello), “más alto” (Superman), “más fuerte” (Hulk/ grande), a nuestra heroína se le reserva el nombre de Maravilla palabra que, según la RAE, se aplica a sucesos o cosas extraordinarias que por lo singular (únicas en su especie) invitan a su contemplación. Vamos que una mujer poderosa, algo tan raro como un perro verde, es algo digno de ser mirado y requetemirado. 

Seguimos con las relaciones sociales, porque hasta en el saludo (forma de mostrar cortesía y buena educación al resto de personas con las que tratamos) existen diferencias de género. Mientras que ellos se muestran secos y arrogantes, dando por sentado que todo el mundo mundial los conoce (como muestra baste el lacónico y roncoSoy Batman), la presentación de Wonder, “Soy Diana de Themyscira, hija de Hippolyta”, busca, claramente, afectividad y cercanía. 

Lenguaje. Si eres multimillonario, genio, arrogante, exhibicionista, guapo, simpático, rico, y además Iron Man, puedes permitirte el lujo de expresarte como se te venga en gana soltando perlas del tipo “He privatizado exitosamente la paz mundial”. Cuando eres Thor, un cacho dios rubio argardiano de más de dos metros, y no solo blandes tu poderosa “herramienta” de guerra (que posee fuerza, durabilidad y agilidad divinas) sino que le has puesto nombre, aunque sea un impronunciable Mjölnir, casi puedes apostar a que nadie se fijara en lo que dices cuando hablas, ni siquiera en si hablas. Y ¿cómo te expresas cuando eres la Mujer Maravilla? Pues con frasesss como ésssta: “No se trata de merecer, se trata de lo que usted cree. Y yo creo en el amor… solo el amor podrá verdaderamente, salvar el mundo”. 

Pero si hay algo que marca la diferencia entre hombres y mujeres en el mundo de los superhéroes es, sin duda, la vestimenta, porque a excepción de Hulk (que cuando se transforma revienta cualquier cosa que lleve puesta, pero da igual porque las balas le rebotan) díganme cuántos de ellos van con la ropa interior al aire (Superman no cuenta porque en las últimas entregas ya no lleva sus ridículos calzoncillos rojos). El culote original que vestía nuestra Wonder (salpicado de estrellas como la bandera americana), en esta ocasión ha sido sustituido por una mini faldita azul, igual de cómoda y útil para el combate, que, por supuesto, sigue dejando los muslacos al aire, algo que, no me pregunten por qué, me trae a la memoria la letra de una copla que se canta en las fiestas populares: “A la Mari Pepa, le ha pillado el toro, le ha metido el cuerno, por el chirimbolo”. Sí, lo sé, nada sexual ni machista. 

Lucha. El gesto más característico de Wonder, del que obtiene su máximo poder, consiste en cruzar las muñecas frente al rostro (posición defensiva en todas las artes marciales) juntando sus brazaletes de la sumisión, así se llaman, que todas las amazonas están obligadas a llevar. 

Por si fuera poco, Wonder, para conciliar su vida laboral y personal, se ve impelida a ceder la mitad del protagonismo a un hombre, Steve Trevor sufrido piloto, que sacrifica su vida en nombre del presente, dejándole a ella el futuro (“Puedo salvar el día de hoy, pero tú puedes salvar el mundo”). 

¿Quieren más? Las numerosas volteretas a cámara lenta atontan. El sssiseante doblaje de Gal Gadot es insssoportable (casi tanto como el hecho de que se pase la dos horas poniendo morritos y con los labios entreabiertos). La historia, una auténtica memez, es aburrida y carece de humor. Lo único destacable es Robin Wright dando vida a la general Antiope, tía de Wonder Woman. ¡Ella si resulta creíble! 

Por todo lo expuesto hasta ahora, aunque la protagonista de la película sea una mujer (por poderosa que sea) y esté dirigida por otra, empeñarse en asociar esta Wonder Woman con empoderamiento femenino supone una perversión total del término (adquisición de poder e independencia por parte de un grupo social desfavorecido para mejorar su situación) que yo, por mi parte, rechazo de plano. 

Ahora, como siempre, que cada cual decida.

Crítica publicada en CLM-24  y DCLM.

miércoles, 11 de enero de 2017

PATERSON


Aunque no hay muertes, ni violencia, ni sexo, esta película no es apta para todos los públicos.

¿El motivo? Paterson es una oda a la normalidad y eso no vende. Estamos tan acostumbrados a que el cine nos cuente grandes gestas o historias tan fantásticas o extraordinarias, que la posibilidad de pasar 113 minutos viendo cómo transcurre la semana de un sencillo conductor de autobús, probablemente provoque un bostezo general en el público.

Paterson, el conductor, que vive en Paterson, el pueblo (sí, una de esas ocurrencias de padres que acaban suponiendo una pesada etiqueta para sus hijos) cada día madruga, desayuna un tazón de cereales (siempre los mismos), acude al trabajo (donde no suele ocurrir nada interesante), hace un descanso a la hora de la comida, vuelve al curro y cuando acaba su jornada regresa al hogar. Aunque son una serie de rituales que no por repetitivos dejan de resultar tiernos, se trata de un argumento que, posiblemente, a muchas personas no les resultará interesante porque es casi como contemplar tu vida a través del espejo. 

Esta película me trajo a la memoria La Náusea de Jean-Paul Sartre, en la cual Antoine Roquentin, el protagonista, escribe un diario en el que relata sus actividades diarias y da a conocer sus reflexiones más profundas sobre todo lo que le rodea. Su vida transcurre entre el trabajo y los paseos por la ciudad, con paradas en algún que otro parque o café que inspiren su pensamiento. 

¿Qué es la náusea? El ser humano cumple con la sociedad, respeta sus reglas, trabaja y no olvida sus responsabilidades. Al cumplir con su rutina acaba convirtiéndose en monótono y esa monotonía lo vuelve débil. Pensar únicamente en reivindicar la existencia (méritos y logros) ante los otros, produce en Sartre un profundo asco, una enorme repulsión hacia la cotidianidad, banalidad e hipocresía de la sociedad. No hay que demostrar nada a nadie. El hombre existe por sí mismo, no por los demás.

Creo que a Sartre le gustaría la crónica de Jim Jarmusch. Lo pienso porque Paterson es un cuento sobre esas pequeñas batallas que, calladamente y de manera individual, libramos cada día sin esperar a cambio otra recompensa que no sea nuestra propia satisfacción. Un canto a las cosas sencillas. Una manera de entender la vida (alejada de la permanente búsqueda de reconocimiento que caracteriza a la sociedad actual) y sentirse pleno persiguiendo sueños por mucho que puedan parecer inalcanzables.


Paterson, hombre de pocas palabras, escucha a los viajeros mientras conduce, sonríe con sus historias y las utiliza como fuente de inspiración para sus escritos. Aprovecha los breves descansos laborales para transformar en poesía los objetos, lugares y personas que pueblan su mundo.

La vehemencia y entusiasmo de Laura, su esposa, que vive en una permanente ebullición creativa (siempre en blanco y negro) que se refleja en toda la casa (cuadros, cortinas, cupcakes), contrasta con la serenidad y hermetismo de Paterson. No obstante, son la pareja perfecta. Ella, una continua riada de proyectos e ilusiones que externaliza sin ningún rubor y con una energía contagiosa; él, un huracán de pensamientos y reflexiones que nutren un mundo íntimo que solo ve la luz a través de las líneas escritas en el cuaderno que siempre lo acompaña.

Y no hay que olvidar a Marvin, tercer miembro de la familia, un bulldog francés en guerra permanente, más o menos soterrada, con Paterson por el control del territorio y la atención de la dueña de la casa. El perro (que tiene muy mala leche) goza de tanto protagonismo como la pareja. De hecho algunas de las situaciones más hilarantes, que las hay, nacen de sus gruñidos o sus patas. 

Con las parejas de gemelos (cuyo significado no entendí), la preciosa cascada frente a la cual Paterson, el conductor, suele sentarse para pensar, y los excéntricos personajes que lo acompañan, Paterson, la película, tan absurda como entrañable, es un sueño que te acaba envolviendo.

Para finalizar, un poema de William Carlos Williams, de quien Paterson aprendió a renegar de lo abstracto y a mostrar, no a explicar, cosas, sentimientos y personas:

Matrimonio

Tan diferentes, 
este hombre 
y esta mujer: 
un arroyo fluye
en la llanura.

Reseña publicada en DCLM y en CLM-24.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Hasta el último hombre

No permitáis que la ambición se burle del esfuerzo útil de ellos,
de sus sencillas alegrías y oscuro destino;
ni que la grandeza escuche, con desdeñosa sonrisa,
los cortos y sencillos hechos de los pobres.
El alarde de la heráldica, la pompa del poder y todo el esplendor, toda la abundancia que da, espera igual que lo hace la hora inevitable.
Los senderos de gloria no conducen sino a la tumba”, Thomas Gray (1716-1771)

Hasta el último hombre
Esta es una historia basada en hechos reales. Años 40. El joven Desmond Doss, con una infancia violenta a causa del alcoholismo de su padre, veterano de la Gran Guerra, sueña con ser médico. Cuando estalla la II Guerra Mundial, pese a sus fuertes convicciones religiosas, su sentido del deber le empuja a alistarse en el ejército. Participó, sin tocar un arma, en la Batalla de Okinawa y se convirtió en el primer objetor de conciencia estadounidense en recibir (por salvar vidas no por quitarlas) la Medalla de Honor del Congreso.

Aunque preferiría que no fuera así, la guerra continúa siendo una fuente inagotable de inspiración cinematográfica. El género bélico no solo goza de buena salud, sino que cuenta con un público fiel e incondicional, masculino en su mayoría (la guerra es cosa de hombres), a quien no parece afectar demasiado frases como la de Herodoto que uno de los soldados pronuncia en la película: “En la paz, los hijos entierran a los padres; la guerra altera el orden de la naturaleza y hace que los padres entierren a sus hijos”.

¿Por qué fui a verla? Aparte de por el reconocimiento, casi unánime, de la critica a la labor de Mel Gibson, creí que al tratarse de la biografía de un objetor de conciencia sería una película antibelicista. Pero aviso, no lo es, no lo es en absoluto.

El gusto del actor australiano por la lucha, la crueldad y la sangre, rayano en lo gore, no es ninguna novedad. Gibson se ha encargado muy mucho de dejarlo patente en algunas de las películas que ha dirigido, como Braveheart, Apocalypto y, sobre todo, La Pasión de Cristo que por sus cruentas escenas levantó numerosas protestas y fue calificada por la comunidad judía de antisemita.

Así, a la primera parte, algo bucólica y naif, en la que Doss conoce a la enfermera que se convertirá en su esposa (deliciosa Teresa Palmer) , le sigue otra caracterizada por la brutalidad a la que, una vez enrolado, es sometido para que renuncie a sus valores individuales y asuma los del grupo. A continuación viene la parte más intensa y salvaje de Hasta el último hombre, la batalla, en la que Gibson, en aras de un mayor realismo, no escatima en mostrarnos disparos, explosiones, bayonetazos, arterias seccionadas que escupen sangre, cabezas reventadas, miembros arrancados de cuajo y hombres aterrorizados que gritan mientras intentan sujetarse las tripas que se les desparraman por el suelo. ¡Y logra ese realismo, vaya si lo logra!

Efectos especiales aparte, el mérito de esta película no se debe únicamente a la magnifica interpretación de Andrew Garfield, sino también al nutrido grupo de secundarios de lujo que lo acompañan (Hugo Weaving como el padre alcohólico del sargento Doss, Vince Vaughn, recuperado para la causa desde su inolvidable interpretación del mafioso Frank Semyon de True Detective II, como el sargento Howell o Luke Bracey en la piel del soldado Smitty Ryker) y dejan huella en la retina y corazón del espectador.

¿Quieren saber si me gustó? A ver, entiendo que es una buena película de guerra. Un auténtico delirio visual de violencia y muerte que tiene como trasfondo la lucha por defender aquello en lo que crees.

Pero, como antibelicista convencida, la única película de guerra que pienso recomendarles, ahora que Kirk Douglas acaba de cumplir 100 años, es Paths of Glory (Senderos de Gloria) de Stanley Kubrick: “No hay nada como fusilar unos pocos para levantar la moral de la tropa”.

Decidan ustedes.

Esta crítica ha sido publicada en CLM-24.

viernes, 15 de julio de 2016

LA NOVIA


Hierba, agua, caballo, jinete, sangre... la luna.

Amor, deseo, pasión, frustración, violencia... la muerte.

Erotismo. Tradición y modernidad. Mundo metafórico de difícil descifrado. Universo lorquiano.

Encierro, sufrimiento, malaventura. Lorca veía a la mujer aunque no la mirara. Sabía de su triste e inexorable destino como eslabón débil en la cadena del matrimonio que une fortunas (mi hijo, tiene y puede; mi hija también) y deroga voluntad y anhelo (un hombre, unos hijos y una pared de dos varas de ancho para todo lo demás).

Bodas de sangre.

A partir de ahí, aislamiento, negación del deseo, angustia existencial. Lucha titánica entre el bien y el mal, entre el ser y el deber, entre la vida y la muerte.

El mito esclavizante del amor pasional que exige de la mujer sumisión, sacrificio y entrega (¡Ay qué sinrazón! No quiero contigo cama ni cena, y no hay minuto del día que estar contigo no quiera, porque me arrastras y voy, y me dices que me vuelva y te sigo por el aire como una brizna de hierba. He dejado a un hombre duro y a toda su descendencia en la mitad de la boda y con la corona puesta. Para ti será el castigo y no quiero que lo sea. ¡Déjame sola! ¡Huye tú! No hay nadie que te defienda) y otorga al hombre ese pasaporte a la locura que justifica cualquier acción irracional y violenta (Porque yo quise olvidar y puse un muro de piedra entre tu casa y la mía. Es verdad. ¿No lo recuerdas? Y cuando te vi de lejos me eché en los ojos arena. Pero montaba a caballo y el caballo iba a tu puerta. Con alfileres de plata mi sangre se puso negra, y el sueño me fue llenando las carnes de mala hierba. Que yo no tengo la culpa, que la culpa es de la tierra y de ese olor que te sale de los pechos y las trenzas). 

Cruce de navajas. Mortal coreografía al ritmo de Pequeño vals vienés, de Leonard Cohen, adaptado por Pachi García, compositor y productor baezano, e interpretado por Soledad Vélez (siempre me quedaré con la versión versión que Enrique Morente, acompañado del grupo de rock granadino Lagartija Nick, incluyó en su disco Omega).

Culpa.

¡Porque yo me fui con el otro, me fui! (con angustia.) Tú también te hubieras ido. Yo era una mujer quemada, llena de llagas por dentro y por fuera, y tu hijo era un poquito de agua de la que yo esperaba hijos, tierra, salud; pero el otro era un río oscuro, lleno de ramas, que acercaba a mí el rumor de sus juncos y su cantar entre dientes. Y yo corría con tu hijo que era como un niñito de agua, frío, y el otro me mandaba cientos de pájaros que me impedían el andar y que dejaban escarcha sobre mis heridas de pobre mujer marchita, de muchacha acariciada por el fuego. Yo no quería, ¡óyelo bien!, yo no quería. ¡Tu hijo era mi fin y yo no lo he engañado, pero el brazo del otro me arrastró como un golpe de mar, como la cabezada de un mulo, y me hubiera arrastrado siempre, siempre, siempre, aun que hubiera sido vieja y todos los hijos de tu hijo me hubiesen agarrado de los cabellos! 

Desgarro.

La novia es una película de una perturbadora belleza.

Arrolladoramente adictiva. Magnética. Claustrofóbica.

Es un viaje sin retorno. Una encrucijada donde ni el ideal del amor romántico, ese para toda la vida, ni el pasional, ni siquiera el querer por conveniencia, auguran para la mujer, la desposada, otra cosa que no sea dolor y pena. 

Hipnótica Inma Cuesta con su racial hermosura. Atinado Asier Etxeandia con su balsámica presencia ante tanta locura. Flojo, muy flojo, Alex García. Inmensa Luisa Gavasa como la madre sufrida. Estremecedora María Alfonsa Rosso, la luna, la ruina, la muerte.

La novia es pura poesía en imágenes, sonidos, palabras y movimiento.

Cine de categoría. Maravilloso cine. Cine español.




domingo, 13 de diciembre de 2015

El puente de los espías

Pelo rizado, mirada directa, ademanes pausados…. Si algo podemos decir de ese Tom, “ni un seductor Mañara, ni un Bradomín ha sido, ya conocemos su torpe aliño indumentario”, en palabras de Machado, es que se trata de un hombre “en el buen sentido de la palabra, bueno”. Incluso en su papel del asesino a sueldo Michael Sullivan en la fantástica “Camino a la perdición”, de Sam Mendes, cine negro del mejor, su parte buena acaba imponiéndose a la mala cuando a la lealtad inquebrantable que profesa a su jefe antepone, sin dudarlo, su papel de padre.

La historia está basada en hechos reales.

Años 50. El mundo dividido en dos bloques. Guerra Fría. A James Donovan, abogado especializado en seguros, le encargan representar a un espía ruso capturado en suelo americano. Confundido con la propuesta pronto le aclaran que, haga lo que haga, el detenido será declarado culpable por lo que su trabajo únicamente consistirá en demostrarle al mundo que en Estados Unidos hasta el hombre más despreciable tiene derecho a contar con una buena defensa. Pero su firme creencia en la ley y la justicia, su perseverancia y su resistencia al desaliento, que le harán ganarse el odio de sus compatriotas por no entender ni compartir su empeño, terminarán convirtiéndolo en negociador de la CIA para un intercambio de prisioneros con la U.R.S.S.

Tom Hanks no empezó a contar como actor hasta 1993, año en el que rodó “Philadelphia” a las órdenes de Jonathan Demme y su papel de Andrew Beckett, un homosexual enfermo de SIDA, le hizo ganar su primer Oscar. El segundo le llegó al año siguiente por “Forrest Gump”, de Robert Zemeckis, donde el enorme corazón de Tom ya se dejó sentir en todo su intensidad: “la vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar”.

Gracias a la franqueza con la que interpreta Hanks humaniza a sus personajes de tal manera que siempre consigue traspasar la pantalla y empatizar con el espectador. ¡El tío cae bien!

A esa cualidad tan suya le debemos que, durante los ciento treinta y cinco minutos que dura, “El puente de los espías” (en la que no hay carreras, explosiones, ni tiros) esquive al aburrimiento, mantenga la tensión y emocione.

Con música de Thomas Newman (“Revolutionary Road”, “American Beauty”, “Skyfall”), Ethan y Joel Coen en el guión, Tom Hanks como protagonista y Steven Spielberg (en una de sus obras comprometidas y serias) como Máster Chef, era imposible que no saliera un plato digno de un cinco estrellas Michelin.

Atmosferas muy logradas para transmitir formas opuestas de entender el mundo.

Gente normal, con sus miedos e inseguridades, que clama en silencio: nunca fuimos héroes.

Película sin estridencias, casi circunspecta.

Poco apasionada, pero muy apasionante.

Cine con un halo de cotidianidad y tristeza.

Cine clásico.

¡Buen cine!

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Anacleto: agente secreto

Corría el año 1964 cuando Anacleto (mi nombre es Cleto, Ana Cleto), el más elegante espía patrio, salía por primera vez de su anonimato y se dejaba ver en la revista “Pulgarcito”.

Moreno, pelo negro, flequillo rebelde incluido, nariz alargada, impecablemente vestido, nunca sin su pajarita. En lugar de vodka Martini “agitado, no revuelto”, un sempiterno cigarrillo en la boca que no le abandona ni en sus peores momentos.

Enfrente el malvado Vázquez, alter ego de Manuel Vázquez Gallego el creador del personaje, empeñado en hacérselas pasar canutas a nuestro 004 (le falta mucho para ascender a 007), ya sea en mitad del desierto o en el Baix Empordà.


Tras años sin saber de él, nuestro agente reaparece, peinando canas, para trasladar de celda a su archienemigo a quien encerró hace 30 años. Vázquez, gracias a un cutre plan y unos esbirros más cutres aún, logra escapar jurando vengarse de Anacleto & Son.

Así, de golpe y porrazo, Adolfo, un treintañero pelín vago, sin ambición, que nunca encuentra el momento para sacarse el carnet de conducir, se entera de que su padre, a quien siempre ha visto como un cabrón butifarrero en realidad es un cabrón, sí, pero espía. Sin apenas tiempo para asumirlo, la masía familiar se convierte en un campo de tiro donde disparas, aunque no apuntes, o te disparan. Se forma tremendo cisco en Casa Tarradellas y es entonces cuando se supone que se desata la acción delirante, las situaciones cómicas, descacharrantes… pero no se escucha ni una sola risa en la enorme sala. ¡Mala señal!

Todo parece forzado. Te sientes empujado hacia una carcajada que nunca llega a producirse. Gags gastados, chistes fáciles, actores a los que estamos hartos de ver hasta en la sopa (como Eduardo Gómez Manzano) en papeles repetitivos y una acción que transcurre siempre a medio gas. Ni siquiera la vena cómica de Quim Gutiérrez (que la tiene) ni cómo le sienta el esmoquin (que le sienta de maravilla) son suficientes para salvar la situación. Falta guión, guión y guión.

La película es simplona, nada cachonda, floja, muy floja, y no puedo entender cómo, a diferencia de “Un día perfecto”, de León de Aranoa, el común de los críticos parece considerarla algo digno de ver.

Sigo pensando que en España nos pierde el empeño en seguir haciendo comedietas, sin pizca de gracia, que lo único que consiguen es zancadillear el trabajo que desde otros géneros, como el de terror o el thriller policiaco, están haciendo diferentes directores para devolver a nuestro cine el reconocimiento que merece y que nunca debería haber perdido.

Lo único que mereció la pena fue que, entre la insoportable cantidad de anuncios que nos colocaron al principio (¡luego dicen que cada vez va menos gente al cine!), pudimos verle a él, al inigualable, al guapísimo, al autentico 007, es decir Daniel Craig, en el tráiler de “Spectre”, la vigesimocuarta película de James Bond, dirigida nuevamente por Sam Mendes.


¡Esa sí que no pienso perdérmela!

martes, 16 de junio de 2015

Bienvenido a mi casa


 






El jueves 11 de junio la prensa británica informaba del fallecimiento de Christopher Lee pero yo, sencillamente, no podía creerlo. ¿Que son 93 años para el no muerto?

Aunque se reveló contra la última parte de esa definición (como Saruman el Blanco se sintió atraído por la oscuridad y como Drácula, el demonio, fue la oscuridad misma), tanto por su palidez vampírica como por su sobrenombre de mago, el color blanco (tonalidad acromática de claridad máxima y de oscuridad nula) marcó la carrera cinematográfica de Sir Christopher Frank Carandini Lee.

Cuando Bram Stoker creó “Drácula” (novela a la que Oscar Wilde definió como la obra de terror mejor escrita de todos los tiempos) no fue consciente de que estaba otorgando a la figura del vampiro, criatura de la noche que se alimenta de la sangre de otros, la categoría de monstruo high-class. Cuando Cristopher Lee lo interpretó para el cine no fue consciente de que lo estaba elevando a la categoría de icono, porque además de contar con un físico que cumplía a rajatabla las creencias populares transilvanas (consideraban que los vampiros eran flacos, muy pálidos, con largas uñas y puntiagudos colmillos) prestó al personaje su aire elegante y aristocrático que lo convirtió en la envidia de los restantes monstruos (hombres lobo, momias y zombis) que a su lado resultaban pelín proletarios, poco higiénicos y bastante chapuceros.

La ausencia de reflejo en los espejos, su rapidez, capacidad de volar y la falta de sombra, que no dejaba advertir su presencia por mucho que miraras hacia atrás, impedía estar prevenido frente a sus ataques. Solo nos quedaba colgarnos una crucecita al cuello esperando que, en el momento crucial, le hiciera desistir del mordisco fatal pues en mi caso, al carecer del generoso escote que exhibían en sus películas las victimas femeninas a las que transformaba en sus iguales, ni siquiera mi apreciado grupo sanguíneo (O negativo que me convierte en donante universal) me hubiera salvado de una muerte segura.

El terror que me provocaba era adictivo por lo que sí, lo reconozco, lo invité a entrar y ya nunca se fue porque, como todo el mundo sabe, una vez que lo haces el vampiro puede entrar y salir a placer.

“Así tuve oportunidad de observarlo, y percibí que tenía una fisonomía de rasgos muy acentuados.

Su cara era fuerte, muy fuerte, aguileña, con un puente muy marcado sobre la fina nariz y las ventanas de ella peculiarmente arqueadas; con una frente alta y despejada, y el pelo gris que le crecía escasamente alrededor de las sienes, pero profusamente en otras partes. Sus cejas eran muy espesas, casi se encontraban en el entrecejo, y con un pelo tan abundante que parecía encresparse por su misma profusión.

La boca, por lo que podía ver de ella bajo el tupido bigote, era fina y tenía una apariencia más bien cruel, con unos dientes blancos peculiarmente agudos; éstos sobresalían sobre los labios, cuya notable rudeza mostraba una singular vitalidad en un hombre de su edad. En cuanto a lo demás, sus orejas eran pálidas y extremadamente puntiagudas en la parte superior; el mentón era amplio y fuerte, y las mejillas firmes, aunque delgadas. La tez era de una palidez extraordinaria.

Entre tanto, había notado los dorsos de sus manos mientras descansaban sobre sus rodillas a la luz del fuego, y me habían parecido bastante blancas y finas; pero viéndolas más de cerca, no pude evitar notar que eran bastante toscas, anchas y con dedos rechonchos. Cosa rara, tenían pelos en el centro de la palma. Las uñas eran largas y finas, y recortadas en aguda punta. Cuando el conde se inclinó hacia mí y una de sus manos me tocó, no pude reprimir un escalofrío. Pudo haber sido su aliento, que era fétido, pero lo cierto es que una terrible sensación de náusea se apoderó de mí, la cual, a pesar del esfuerzo que hice, no pude reprimir. Evidentemente, el conde, notándola, se retiró, y con una sonrisa un tanto lúgubre, que mostró más que hasta entonces sus protuberantes dientes, se sentó otra vez en su propio lado frente a la chimenea. Los dos permanecimos silenciosos unos instantes, y cuando miró hacia la ventana vi. los primeros débiles fulgores de la aurora, que se acercaba. Una extraña quietud parecía envolverlo todo; pero al escuchar más atentamente, pude oír, como si proviniera del valle situado más abajo, el aullido de muchos lobos”.

La fascinación por estas criaturas fue en aumento y a lo largo de estos años he dejado entrar a otros vampiros en mi vida (de la Saga Crepúsculo a nadie): el Conde Draco de “Barrio Sésamo”, Nosferatu, Blade (mitad hombre mitad vampiro) y su archi enemigo Deacon Frost,  Lestat de Lioncourt, la pequeña Eli... Pero ninguno de ellos consiguió aterrorizarme como lo hicieron los 1,97 metros de altura, los rasgos angulosos y los ojos hipnóticos que Christopher Lee prestó a la figura del Conde Drácula.
Nunca ganó un Oscar pero en 1983, en la 16 edición del Festival Internacional de Sitges, recibió junto a Vincent Price, Peter Cushing y John Carradine, tres de los grandes del cine fantástico, el premio al Mejor Actor por la película “House of the Long Shadows” de Peter Walker. ¡Un merecido reconocimiento!

Puede que el hombre haya fallecido pero el actor vivirá eternamente, como corresponde a su categoría de no muerto, en el corazón de todos los amantes del género de terror.

Ni ristras de ajos (aunque sean D.O. Ajo Morado de Las Pedroñeras), ni agua bendita, ni crucifijos sobre la cama. Tanto mi puerta como mi ventana siempre permanecerán abiertas para Drácula al igual que él, mucho tiempo atrás, me abrió las de su castillo:

 “—Bienvenido a mi casa. Venga libremente, váyase a salvo, y deje algo de la alegría que trae consigo. La fuerza del apretón de mano era tan parecida a la que yo había notado en el cochero, cuyo rostro no había podido ver, que por un momento dudé si no se trataba de la misma persona a quien le estaba hablando; así es que para asegurarme, le pregunté:

— ¿El conde Drácula? Se inclinó cortésmente al responderme.

—Yo soy Drácula; y le doy mi bienvenida (...) en mi casa”.

Los ojos de Sir Christopher Lee relampaguearon malignamente al pronunciar esas palabras.