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domingo, 6 de enero de 2013

"Gauguin y el viaje a lo exótico”, Museo Thyssen-Bornemisza

Cuando murió, con apenas 55 años, Eugène Henri Paul Gauguin, dejaba atrás una existencia azarosa en la que a etapas de aventuras (se embarcó en la marina mercante siendo muy joven y después en la Armada Francesa) les sucedieron otras convencionales y aburguesadas (se casó, tuvo cinco hijos y trabajó como agente de cambio en la Bolsa de París) siendo el nexo entre todas ellas su pasión por los viajes: parte de su infancia la pasó en Lima, vivió en Copenhague, y sus largas estancias en Francia las alternó con otras en las islas del Caribe (Taboga y Martinica) y en la Polinesia Francesa (Tahití e Islas Marquesas).

Sufrió disentería, paludismo, sífilis, lepra, lo que, unido a la pobreza que padeció en numerosas ocasiones lo empujaban, cual holandés errante, de las islas a Francia y de allí nuevamente a las islas, en una búsqueda interminable del edén, ese que recrean sus cuadros, en el que no tiene cabida la enfermedad ni las penalidades ni la soledad que, sin embargo, le acuciaron durante largos periodos de su vida y que le llevaron a intentar suicidarse en 1897.

Pero todas esas vicisitudes no se reflejan en su pintura en la cual nos adentramos a través de grandes explosiones de colores controlados: el verde frondoso, verde espesura, verde esperanza; el naranja de la tierra fértil y generosa cargada de promesas de felicidad; el amarillo cálido y acogedor; el rojo fuego. Esa es la paleta del pintor en “Mata mua” (he de decir que el color del cuadro original no resulta tan vivo como las numerosas copias que estamos acostumbrados a ver) donde, en torno a un gran dios de piedra, nos presenta una idílica escena poblada de mujeres que, indolentes, se entregan a una existencia placida rodeadas de exuberante belleza, fragantes aromas y sonidos misteriosos y exóticos. ¡El paraíso terrenal!

“Cabeza de tahitiana” es un dibujo a carboncillo, aparentemente sencillo, con el que Gauguin, exhibiendo los rasgos raciales de la indígena, consigue captar la curiosidad del espectador y que éste sea capaz de percibir la belleza de las diferencias. Los ojos rasgados de la mujer, su característica nariz, sus labios gruesos te hablan de otro mundo, de otras culturas y despiertan en quien contempla el cuadro el deseo de viajar a esas tierras lejanas.

En “Paisaje de Te-Vaa” un mar de azul sereno compite en belleza con el cielo, de un azul más claro pero igualmente sosegado. El cuadro te trasmite una paz que te hace ansiar encontrarte en ese lugar como espectador excepcional de todas las variaciones cromáticas posibles que puede experimentar un único color.

“En algún lugar sobre el arco iris,
muy en lo alto,
existe una tierra que soñé
una vez en una canción de cuna.
En algún lugar sobre el arco iris
los cielos son azules
y todos los sueños
que te animas a soñar
se hacen realidad”.

Gauguin parece poner imagen a los anhelos de Dorothy en el “Mago de Oz”; la voz solo puede ser la del hawaiano Israel Kamakawiwo Ole, con su ukelele, interpretando “Somewhere Over The Rainbow” (http://www.youtube.com/watch?v=jAzEhjooP3s).

Flores y cerámica, 1913, Henri MatisseConsiderado uno de los pintores franceses más importantes del siglo XIX, Gauguin influyó notablemente en la evolución de la pintura, sobre todo en el fauvismo (movimiento pictórico francés que se caracteriza por el empleo libre del color) cuyo precursor fue Matisse. En “Flores y cerámica”, una de las naturalezas muertas de éste, sobre un fondo azul noche contemplamos un jubiloso ramo de flores. Aunque el cuadro me gusta por la intensidad del color he de decir que no lo he entendido. No sé que representa la forma redonda ni lo que aparece debajo de ésta, aunque recuerda a un sobre o una hoja de papel con una esquina doblada.

Artista fauve también, de Henri Manguin me gustó el cuadro titulado “Las estampas”, en el que la rigidez de las ropas de la mujer vestida contrasta fuertemente con la desnudez de la que contempla las estampas que la primera le enseña, sentadas ambas sobre la cama de una habitación agradable y cálida, a la que la profusión de colores dota de un ambiente de tal recogimiento que el espectador casi se siente indiscreto por estar mirando una escena tan íntima.
De André Derain destacan “La danza I” y “La Danza II”, maderas talladas policromadas, dotadas de un movimiento y un ritmo alegre y contagioso.

Las obras de los expresionistas alemanes, en los que también influyó decisivamente Gauguin, es lo que más me ha gustado de esta exposición. En su intento de desnudar el alma en sus lienzos, recurren a la descomposición de la figura humana y a la exhibición de escenas cotidianas, representando ambas con colores violentos y amenazadores. Como si se tratara de “El retrato de Dorian Grey”, sus cuadros sirven como recordatorio de los efectos que cada uno de los actos cometidos tiene sobre el alma, por lo que las imágenes se van desfigurando dejando ver la otra cara de una sociedad enferma que se encamina hacia su destrucción. Lejos de ocultar el gran desencanto que siente el artista por el futuro de la humanidad, lo grita a los cuatro vientos. Eso incomodaba a los nazis y contradecía su ideología, por lo que todos estos artistas fueron catalogados como ARTISTAS DEGENERADOS:

«Desnudo de mujer» (1909), de KirchnerA Ernst Ludwig Kirchner, pintor alemán, la I Guerra Mundial le marcó de por vida. En 1937 su arte fue calificado de arte degenerado por los nazis y se destruyeron muchas de sus obras, lo que, unido a su inestabilidad emocional y a su incapacidad para soportar tanto sufrimiento, le llevó a suicidarse en 1938. En “Desnudo de mujer” despoja a la figura femenina de cualquier tipo de fragilidad y la representa, con gran agresividad, como un frio (pese a las pinceladas de amarillo de natural un color cálido) objeto, destacando en el conjunto al sexo que parece elevar para ofrecerlo mejor a la vista. 

En “Desnudo de rodillas ante un biombo rojo” desmadeja la imagen y la expone, en una especie de contorsión imposible, para, nuevamente, acentuar su sexo a la vez que desfigura el rostro. Esta composición resulta menos colérica que la anterior por una utilización cromática más moderada, en la que reserva el color más fuerte, el del biombo, para enmarcar la figura de la mujer lo que dulcifica en cierta manera la escena.

Emil Nolde, pintor alemán, simpatizante del nacionalsocialismo en su primera etapa, fue posteriormente condenado como artista degenerado. En “Madre y niño” cambia el uso de la perspectiva por figuras planas a las que proporcionan vida los violentos contrastes de color. Fruto de sus viajes a Nueva Guinea, de su admiración por la cultura tribal y su arte, es su magnífica colección de acuarelas que representan rostros de indígenas con las peculiaridades de su raza y sus adornos característicos.
 
Noche de luna, 1914, Emil NoldeMe encandiló “Noche de luna” en la que Nolde consigue que la luz  de la luna titile en el agua, recreando una preciosa escena en la que casi puedes oír el sonido de las olas. Un sueño de color azul oscuro, casi negro, con hermosos reflejos dorados. ¡Mágico!

Max Pechstein, pintor alemán, se vio forzosamente enrolado en la I Guerra Mundial cuya tropa abandonó, en 1917, por una crisis nerviosa. Fue calificado como artista degenerado por los nazis, lo que supuso el aislamiento y prohibición de su producción. En “Amanecer” una mujer, medio dormida, contorneada por el azul noche y los dorados amarillos que anuncian la salida del astro solar, descansa desnuda y tranquila. El rojo sensualidad se reserva para los carnosos labios y los reflejos encendidos de su cabello. El voluptuoso cuerpo, erotismo en reposo.

Otto Mueller, pintor e ilustrador alemán, luchó durante la Primera Guerra Mundial en Francia y Rusia. Después de la guerra se convirtió en profesor en la academia de arte de Breslau donde enseñó hasta su muerte en 1930. En 1937 fue calificado como artista degenerado por los nazis, por lo que 357 obras suyas, que estaban en museos alemanes, fueron confiscadas. En “Dos desnudos femeninos” recrea una escena llena de erotismo. Las dos mujeres dejan patente su desnudez exhibiendo descaradamente sus sexos que atrapan la mirada sin poder evitarlo. Los senos, perfectos, de la figura de la izquierda, su posición, destilan una sensualidad que no precisa recurrir a colores intensos para resultar intensa, atrayente y provocadora.

Dos desnudos femeninos en un paisaje, 1922, Otto Müller

Ha sido, sin duda, un recorrido pictórico interesante y muy conmovedor.


martes, 4 de septiembre de 2012

HOPPER: Crónica novelada de una exposición

Mucho he oído hablar de la relación de Hopper y el cine, pero para mí sus cuadros son las mejores ilustraciones que algunos de los escritores americanos, a los que tanto admiro, pudieran soñar para las maravillosas novelas que nos legaron.

Sus escenas de parejas, en las que flota la incomunicación, la desidía y el desamor, parecen encargadas por Richard Yates para poner imágenes a “Once maneras de sentirse solo”.

Las gasolineras (imposible no recordar la película “El cartero siempre llama dos veces”) y esas carreteras, rectas, infinitas, con sus falsas promesas de destinos que cuando los alcanzas dejan de ser atractivos, generadoras de un ansia que nunca hallas como saciar, son Kerouac y “The road”.

Sus calles, bares, cafeterias y puentes, igual de solitarios, brutales y descorazonadores que Selby y su “Última salida para Brooklyn” o su “Requiem por un sueño”. Los desolados paisajes de campo, la huída de la ciudad buscando una vida mejor, que no encuentras, “Vida de este chico” de Tobias Wolff.

Lo más vivo de su obra son las oficinas donde no te resulta dificil imaginar a Philip Marlowe o Samuel Spade esperando nuevos casos que rompan su rutina diaria y les proporcionen algunos pavos para seguir tirando.

En sus cuadros hay apatía, aburrimiento, gente indiferente. Lo que caracteriza a su pintura no es la proliferación de símbolos que el observador deba interpretar, sino la ausencia de ellos. No aparecen animales. No hay niños, ni ancianos. Sus hombres y mujeres parecen encuadrarse en una franja de edad, entre los 30 y los 50 años. ¿Acaso intentaba reflejar una crisis personal asociada a la edad?

Presenta la escena básica, desnuda, no te facilita su contemplación. Te proporciona el “Erase una vez…” y tú debes desarrollar la historia. Porque Hopper, además del pintor de las LÍNEAS RECTAS y el VACÍO EXISTENCIAL, es el pintor de las HISTORIAS:

 
 Era una noche cerrada y bastante fría como corresponde a finales de noviembre. No había ni un alma, pese a no ser una hora demasiado intempestiva. Solo yo y mi sombra de noche caminabamos por la ciudad que se veía desolada. Por un instante un cierto desamparo amenazó con conmoverme, pero mi cabeza, de natural práctica, lo desechó rauda obligándome a acelerar el paso al tiempo que me arrebujaba en mi abrigo de lana barata.          
                              
En un intento por eludir otros pensamientos que me pudieran hacer flaquear en mi misión, recordé la curiosa escena que aquella misma tarde contemplé en los pavimentos de Nueva York: una hermana, con paso apresurado, cruzó ante mis ojos empujando el carrito de un bebé. A riesgo de parecer un poco mentecato, no pude evitar una sonrisa y cierta sorna el pensar en quién sería el padre de la criatura, je, je.

En la reunión nocturna que mantuve con Scott Hummer y su chica Velma, pese a mi sueldo de mierda (la profesión de detective legal no da para muchos dispendios, la verdad), llegamos a un acuerdo monetario a largo plazo (sería practicamente mi dueño durante los próximos 20 años) a cambio de un nombre, cuyo desconocimiento me había atormentado desde la muerte de mi amada.

¡Margareth!... Si cierro los ojos aún puedo contemplar su belleza morena, oler aquella fragancia a cítricos que desprendía, recordar lo orgullosa que se sentía de su cuerpo menudo y frágil. En cuanto el tiempo lo permitía, le gustaba dormir desnuda, y en primavera, cuando soplaba ese ligero viento de tarde típico de la estación, disfrutaba tendiendose en la cama mientras éste mecía su cabello y los blancos visillos de la ventana abierta inundandola de paz y felicidad. ¡Mala costumbre en una ciudad como ésta!

Habían transcurrido dos años desde su asesinato pero seguía sin poder pronunciar su nombre sin que se me formara un nudo en la garganta y mis ojos se empañaran en un intento vano de derramar alguna lagrima por ella, algo que, pese al dolor intenso, al sufrimiento atroz que me embargaba, no podía hacer. Simplemente no podía.

Tras mi reunion con Hummer, pase por mi oficina para hacer algunas llamadas a mis soplones con el fin de conseguir la dirección del cabrón asesino que me arrebató a mi chica. Aunque ya no era su hora, mi eficiente Carol se encontraba allí y se ofreció a ayudarme, algo que le agradecí sobremanera porque en aquellos momentos no deseaba estar solo. Ella sabe que yo sé que se muere por mis huesos, pero hay cosas que en la vida uno tiene que hacer, por lo que evita cualquier tipo de distracción, aunque esa distracción tenga un culazo como el de mi Carol… ¡Vencer la tentación cuesta, créanme!

La escalera del destartalado hotel, por la que ascendía desconfiado, con sus viejos y retorcidos peldaños que crujían a cada paso delatando mi presencia, me traía reminiscencias de aquella otra escalera en el 48 de la Rue de Lille, Paris, por la que, en un tiempo muy lejano, mis pasos me condujeron hacia una felicidad que me fue arrebatada de la manera más cruel. Un destino en nada equiparable al que ahora me esperaba.

Como era de esperar, aquel hotelucho de mala muerte no contaba con un registro de huespedes en condiciones. Solo dos habitaciones de la primera planta constaban como reservadas, nada sobre sus ocupantes, por lo que no tenía manera de saber en cual de ellas se alojaba Jason Travis (ese era el nombre de tipo que, con suerte o sin ella, estaba decidido a cargarme esa misma noche).

Sigilosamente me acerque a la puerta de la habitación 1-A. Empuje la manilla hacia abajo y la puerta, sorprendentemente, cedió porque no estaba cerrada con llave. Durante unos segundos observe la escena: una rubia en ropa interior, bastante apagada, leía una especie de carta que apoyaba sobre las rodillas. Su equipaje descansaba en el suelo, por lo que era difícil saber si llegaba o se iba. Tan absorta y ensimismada estaba con la lectura, que no se percató en absoluto de mi presencia, con gran alivio para mí. Cerré con cuidado y continué hacia el final del pasillo.

El corazón me latía a mil pero cuando estuve frente a la puerta de la habitación número cuatro, no lo dudé, la abrí de una patada sin dar tiempo a que el gusano que buscaba, que reposaba despatarrado y borracho sobre las sucias sabanas, pudiera reaccionar y coger el arma que escondía bajo la almohada. Vacié el cargador sobre su cuerpo apestoso, sin pizca de piedad, de remordimiento ni de sentido común porque con el primer disparo, que atravesó certero su cabeza, estaba más que muerto.

Contemple la destartalada figura cubierta de sangre y solo me apresure a salir cuando las sirenas de la policía retumbaron en la noche. No corrí, baje la escalera despacio y mi sombra y yo volvimos a la noche de la ciudad que seguía igual de oscura, igual de fría, igual de solitaria…..

Unas manzanas más abajo subí a mi viejo coche, que esperaba aparcado donde lo dejé, y al girar el contacto, aunque su gastado motor protestó como en tantas ocasiones, se puso en movimiento, lento, sin prisa, alejándonos a mi y a mi pena de las luces brillantes de la ciudad.

Al amanecer, tras siete u ocho horas de viaje, paré a repostar en una solitaria gasolinera que me encontré de camino. Admiré el rojo brillante de sus surtidores que el dueño parecía bruñir cada mañana.


Como el agotamiento empezaba a hacer mella en mi gastado cuerpo, pregunte a Jack, el gasolinero, por un hotel barato y cercano para dormir unas cuantas horas. Me indico que, si no era supersticioso, a unos 15 kilometros, habia una casa junto a las vías del tren, cuya dueña, viuda desde hacia años, alquilaba a los viajeros para poder sobrevivir. “¿Por qué supersticioso?”, pregunté. “Porque allí, no hace mucho, ocurrieron varias muertes que nadie logró esclarecer”, contestó misterioso. “Yo ya estoy muerto”, repuse, y tome el camino que me había indicado. La casa acojonaba un poco, lo reconozco, pero me negué a que mi mente fuese presa de una Psicosis estupida y alquilé una habitación para dos días, durante los cuales no ví a la dueña, tan solo a su hijo Norman.

Pronto anochecería y salí al porche a furmarme un pitillo. Observé el paisaje inhospito, desierto, tan vació como mi propia vida. Por un momento temí que el agujero negro en el que se había convertido mi alma, se apoderara también de mi mente. Pero entonces contemple algo que me dejó sin aliento: la puesta de sol ferroviaria más hermosa de la que podría disfrutar un hombre. Me dije. “Si algo así me conmueve, aún queda esperanza para mi”. Y por primera vez me permití pensar, con deleite, en Carol y su culazo.


Epílogo: El caso del asesinato de Jason Travis se cerró como una pelea de borrachos más. Bastante trabajo tiene la policia, como para perder el tiempo investigando crimenes de basura que está mucho mejor muerta….
                                                                                     The end

(Museo Thyssen-Bornemisza, del 12 de junio al 16 de septiembre de 2012)

lunes, 16 de abril de 2012

CHAGALL (Museo Thyssen-Bornemisza- Fundación Caja Madrid)

En “El malestar de la cultura”, ensayo que escribió en 1929, Freud afirma que para escapar del sufrimiento que nos amenaza por tres lados (el propio cuerpo, el mundo exterior y las relaciones con otros seres humanos) podemos optar por buscar la satisfacción en los procesos internos, psíquicos: “La satisfacción se obtiene en ilusiones que son reconocidas como tales, sin que su discrepancia con el mundo real impida gozarlas. Estas ilusiones proceden del terreno de la imaginación. A la cabeza de estas satisfacciones imaginativas se encuentra el goce de la obra de arte, accesible aun al carente de dotes creadoras gracias a la mediación del artista. (…) Más la ligera narcosis en que nos sumerge el arte solo proporciona un refugio fugaz ante los azares de la existencia y carece de poderío suficiente como para hacernos olvidar la miseria real”.

Es cierto, la contemplación de una obra de arte produce un placer efímero, fugaz, frágil, pero también supone una educación para tus sentidos: más allá de lo que puedes oir, ver o tocar, aprendes a interpretar, a desdoblarte de tu cuerpo y de tu mente para intentar penetrar en el cuerpo y en la mente del artista en el momento de la creación.

Acercarte a la obra de Chagall supone adentrarte por un camino de baldosas verdes, rojas y amarillas que te conducirá más allá del Arco Iris gracias a su riqueza cromática y a su mundo poblado de personajes reales e imaginarios, de símbolos religiosos, y de ritos y celebraciones. Una línea recta de alegría y felicidad, que se nutre de los recuerdos de infancia, rota, abruptamente, por la guerra. Porque Marc Chagall nació en Vitebsk, actual Bielorrusia, en 1887, en una humilde familia de origen judío, y vivió casi cien años (murió en 1985), por lo que fue testigo directo de los más terribles acontecimientos del siglo pasado: la revolución rusa de 1917 y las dos guerras mundiales.

Difícil de encuadrar en un movimiento pictórico (fauvista, cubista, surrealista) pareció explorarlos todos antes de que fueran definidos como tales. Cual si fuera el judío errante, figura común de muchos de sus cuadros, recorrió en solitario la escena artística del siglo pasado, rodeado de un halo de misticismo, tradición y alegría de vivir. El retrato que le hizo Henri Cartier Bresson, portada de “Mi vida”, el único libro que escribió Chagall, muestra a un abuelo de pelo canoso y rostro bondadoso en el que destaca la mirada soñadora, evocadora, algo melancólica, de alguien que, pese a la edad, no ha perdido la ilusión. ¡He comprado el libro porque me enamoró la obra y el personaje!
Paul Eluard, le dedicó un poema donde destaca los elementos iconográficos de su pintura:

Asno o buey gallo o corcel
Hasta la piel de un violín
Hombre cantor un solo pájaro
Bailarín ágil con su dama
Pareja inmersa en primavera
Hierba de oro cielo de plomo
Llamas azules los separan
Salud y rocío
Zumba la sangre el corazón
Una pareja luz primera
Y en una caverna de nieve

La viña opulenta dibuja
Labios de Tuna en una cara
Que nunca durmió de noche.


“El soldado bebe” es uno de los primeros cuadros que captaron mi atención en la exposición. Marcadas figuras geométricas componen el rostro del soldado sobre el que flota, ingrávida, su gorra. La pareja de bailarines de tamaño más reducido, para crear distintas perspectivas y contar una historia dentro de otra, parece girar alegre mientras el soldado señala al samovar, otro de sus elementos pictóricos recurrentes. Al fondo una ventana nos muestra la noche, rosada y negra, y la fachada de una casa de madera típica, dotando al conjunto de mayor profundidad. Es una escena alegre, con movimiento y un colorido intenso que solo puede apreciarse ante la obra original.

“El violinista” es un lienzo poblado de recuerdos de infancia. Chagall contó que uno de sus tíos por las tardes, cuando volvía del trabajo, solía subirse al tejado de su casa para tocar el violín. La nieve, las casas de madera, presentes en otras composiciones, vuelve a reflejar su pueblo natal Vitebsk. La escena en su conjunto irradia paz y tranquilidad, amenizadas por el violín cuyas notas, gracias a los colores amarillo y naranja, parecen reverberar en la tela, traspasarla y llegar a tus oídos y contagiarse a tus pies.

En “Vista de la ventana en Zolchie, cerca de Vitebsk”, el pintor y su mujer, entonces de luna de miel, contemplan a través de la ventana un frondoso bosque. El verde es tan intenso que casi puedes sentir la humedad de la hierba (nuevamente solo puede apreciarse ante la obra original). Dos enamorados, una taza de té, o quizás café, un paisaje espectacular. La escena transmite el sosiego que el pintor siente en esa etapa de su vida. Es un cuadro relajante y dulce.

Opuesto al anterior “La guerra”. Obra compleja y dramática. En medio de las tinieblas la ciudad en llamas. Personas y animales perecen abrasados. Los que han podido salvar sus vidas, huyen despavoridos, con el horror reflejado en sus rostros, arrastrando las escasas pertenencias que aún les quedan. A la derecha una crucifixión define a estos personajes como mártires. El oscurecimiento de su mundo pictórico, con la casi desaparición del color, salvo el rojo de las llamas para hacerlas aun más terroríficas, ahora dominado por los grises y negros, habla de la desesperanza y la pérdida de la fe en la condición humana.

Pero sin duda, si tuviera que elegir solo un cuadro de todos los que vi en la exposición me quedaría con “Dedicado a mi prometida” que, curiosamente, no aparece ni en la guía didáctica ni en el folleto de la exposición. Para mi es indudable que se trata de una escena muy erótica (en su época supuso un escándalo y muchas la tildaron de pornográfica). El toro, de un naranja encendido, reposa, plácido, entre las piernas de la mujer. La figura femenina, desmadejada y provocativa, envuelve al macho que, con mirada lasciva y sonrisa libidinosa, parece mirar directamente a los ojos del observador haciéndole partícipe del juego del deseo.










lunes, 26 de diciembre de 2011

Jane Eyre

Soy admiradora de las hermanas Brönte. He leído “Jane Eyre”, de Charlotte, “Agnes Grey” y “La dama de Wildfell Hall”, de Anne, y sobre todo “Cumbres borrascosas”, de Emily, una obra maestra de la literatura universal, una de las novelas que siempre incluyo entre mis favoritas (junto con “Crimen y castigo” de Dostoievski”, “Cien años de soledad”, de García Márquez y “Los miserables”, de Víctor Hugo).

La historia de estas mujeres a quienes, por el hecho de serlo, les tocó vivir una época muy dura siempre me ha fascinado, por lo que también leí la biografía titulada “La vida de Charlotte Brönte” escrita en 1857 por Elizabeth Gaskell, amiga de la novelista. Criadas en Haworth, un pueblo de los páramos de Yorkshire, fueron educadas en el colegio de Clergy Daughters, en Cowan Bridge (colegio en el cual se inspiró Charlotte para describir el lóbrego e infame colegio Lowood que aparece en “Jane Eyre”), donde enfermaron de tuberculosis. Las dos hermanas mayores, Maria y Elizabeth, murieron en 1825, Emily en 1848, Anne en 1849. El 31 de marzo de 1855, Charlotte, estando embarazada, enfermó y murió de tuberculosis como sus hermanas. ¡Unas vidas tan cortas que maravillas nos legaron!.

Charlotte en “Jane Eyre” convirtió en heroína a una mujer poco agraciada físicamente, en apariencia adusta y seca, pero que, contra todo pronostico, se niega a verse a si misma como un ser gris e insustancial, con una vida triste. Muy al contrario, a lo largo de toda la novela queda palpable su ansía de vivir y experimentar, su amor por la vida, su conciencia clara de las limitaciones que como mujer tiene y su envidia de la condición masculina por ser dueña absoluta de su destino.

Ambientada en la época victoriana es una novela muy actual por su realismo, por su crítica de la situación subordinada de las mujeres y por su defensa de las cualidades del alma frente a las del cuerpo. Es una loa al verdadero amor al reconocimiento del alma gemela. Tiene una fuerza y una pasión que desborda cada palabra, cada página. Y esa esencia, tan difícil de transmitir, ha sabido captarla maravillosamente Cary Fukunaga en su película.

Es, con diferencia, la mejor adaptación que he visto de una novela de las hermanas Brönte (y he visto unas cuantas). Por poner un ejemplo, “Cumbres borrascosas” de Peter Kosmisnky, con Ralph Fiennes y Juliette Binoche, fue francamente decepcionante.

Realmente excepcionales las interpretaciones de Mia Wasikowska y de Michael Fassbender (cuya interpretación de Carl Jung en “Un método peligroso”, también me pareció fantástica). La perfecta ambientación y la música contribuyen a transmitir lo que Charlotte quería: La imaginación te hace libre, la pasión es arrolladora y no es privilegio exclusivo de nadie y la aventura de vivir es lo mejor que tenemos.

¡Recomiendo que vayan a verla, pero sobre todo, recomienda que lean las obras de las hermanas Brönte!.

martes, 30 de agosto de 2011

MI PRIMERA VISITA AL MUSEO DEL PRADO

Fui de rebote, lo reconozco. Mi intención inicial era visitar en el Thyssen (uno de mis museos favoritos, junto con el Musée d'Orsay en París y la Galleria degli Uffizi en Florencia que también tengo la enorme suerte de conocer) la exposición de Antonio López, pero fue imposible. Llegué a los 10,30 de la mañana y ya un cartel en la puerta anunciaba “últimas entradas para ver la exposición de Antonio López”. Pensé que no podía ser que la quitarán tan pronto, pero claro no se refería a eso sino a que para ese sábado solo quedaban entradas ¡a las 10,45 de la noche! (si van a ir en fin de semana compren las entradas por Internet, no se arriesguen). Entonces decidí intentarlo en el Prado no muy convencida porque siempre que he querido verlo las colas eran impresionantes. Pero tuve suerte. No hubo problemas ni para entrar ni para comer y además puede hacer la visita sin excesivas aglomeraciones algo que casi es un lujo.

Quiero destacar el buen funcionamiento del museo: El acceso está muy controlado y perfectamente organizado. El personal es atento y con una disposición envidiable y la información para hacer los recorridos es clara y perfectamente estructurada. ¡Se nota que reciben millones de visitantes!.

Debo decir que el edificio, algo en lo que me suelo fijar mucho, tan majestuoso e impresionante por fuera, me pareció bastante feo por dentro. No me gustó la remodelación del claustro de los Jerónimos (la iglesia de los Jerónimos me pareció una preciosidad y sentí mucho no poder visitarla por dentro al estar cerrada) que hizo Moneo y que parece ser que popularmente se conoce, debido a su aspecto exterior, como “el cubo de Moneo”. Yo tengo un problema con este señor porque no entiendo su empeño en el uso de cristales, acero y formas geométricas futuristas en edificios clásicos, en ciudades patrimonio de la humanidad y en paisajes idílicos. El afán por dejar su impronta destrozando, desde mi punto de vista, verdaderas joyas arquitectónicas, supera con creces al respeto debido a la historia.

Decidí empezar
con la obra de Goya (la más extensa de toda la colección). Sus retratos de corte, las escenas bélicas, las pinturas negras…. Estas últimas no me impresionaron tanto como esperaba excepto “Saturno devorando a sus hijos”. ¡Realmente resulta sobrecogedora!. En cambio “Los fusilamientos del 2 de mayo” no produjeron en mi agitación alguna. Ya sé que habrá gente que pensará que no tengo ni idea, como así es. Lo que yo busco cuando contemplo una obra de arte, puesto que no soy entendida en el tema, es la emoción estética. Esa que al escuchar una pieza de música, contemplar un cuadro o una escultura, te hace detenerte, volver a mirar y sacude tu interior conmocionándote de alguna manera para, a continuación, despertar tu curiosidad y hacerte desear conocer datos sobre el autor, lo que representa la pieza en concreto o el marco histórico en el que fue concebida.

Defiendo que no se precisan nociones sobre técnicas pictóricas, escultóricas o musicales para poder apreciar la belleza de algo. No creo que una persona cultivada pueda apreciar mejor una obra de Mozart que otra que no lo sea. La primera sabrá el tipo de composición de que se trata, si predomina el violín o el chelo, el momento en que el autor la compuso y, tal vez, que pese a ser un genio murió pobre y fue enterrado en una fosa común. Al segundo, ignorante de todo eso, solo le conmoverá, le turbará, le agitara por dentro, sin que entienda el por qué…. Pero ¿acaso no es ese el objetivo último del arte?.

Aunque el cuadro de Goya, como ya he dicho, no me impactó especialmente, si descubrí otro cuadro sobre la misma temática, del que no podía apartar los ojos: “Fusilamiento de Torrijos en la playa de San Andrés (Málaga)”, de Antonio Gisbert Pérez, pintor del que, hasta ese momento, nunca había oído hablar.

Lo primero que sorprende son las dimensiones del lienzo, 390 x 601 cm. Después te atrapa el contenido. Como desconocía el hecho histórico que representaba me he informado posteriormente en Internet. Se corresponde con uno más de los penosos capítulos de guerras, traiciones y venganzas de los que está repleta la historia de España. Conocer quienes eran los representados en el cuadro ha hecho que sintiera más pena, pero no ha incrementado el gran impacto que me causó cuando lo vi.

Dividido en tres partes, en la primera, la más cercana, aparecen los ya fusilados. El desmadejamiento de los cuerpos, la sangre brotando de las heridas, el sombrero caído, los detalles (que aquí no se perciben bien) de las ropas… ¡Acongoja!. En el plano siguiente se sitúa el General Torrijos agarrando las manos de dos de sus compañeros. La dignidad del caudillo, que resplandece en su rostro y en su porte, destaca sobre el comportamiento y la manera de enfrentarse a la muerte del resto de sus acompañantes: Dos se abrazan para darse ánimos mutuamente, otro parece rezar, la locura brilla en los ojos de un tercero, otro parece mirar al pintor; al de más edad, a quien le están vendando los ojos, destaca por su actitud desafiante… Entre ellos los frailes que cumplen su tarea de manera desapasionada. Por último el pelotón de fusilamiento, más borroso, esperando pacientemente en formación, la orden de su superior para completar su cometido. Junto a un mar no en calma y en un día brumoso y gris, las figuras de los condenados irradian una luz que habla de su nobleza, de la defensa de la libertad y denuncia la traición y vileza que supuso este acto.

Es un cuadro muy rico en matices, con una gran carga emocional. El pintor logra que cada uno de los personajes que aparecen en el mismo cuente, a través de la expresión de la cara y de la colocación del cuerpo, una historia. ¡Realmente es magnifico!. Sé que en el Prado hay muchas obras conocidas mundialmente, pero yo os recomiendo que, cuando vayáis, no salgáis de allí sin haber dedicado un tiempo a contemplar este cuadro. ¡Seguro que no os dejará indiferentes!.

Otra de las pinturas que me sorprendió enormemente fue “El jardín de las delicias” de El Bosco. Mi sorpresa no viene tanto por el contenido del cuadro, sin duda llamativo por el abigarramiento de elementos, la compleja simbología, la profusión de figuras y la utilización del color para diferenciar cielo, vida e infierno, sino porque de repente pensé: “Dalí copió a El Bosco”. ¡El Bosco pintó “El jardín de las delicias” hacia 1485!. No puedo imaginar la cara de la gente de esa época cuando contemplará este cuadro: Estupor, horror, asco, rechazo a la par que atracción…. Pero es indudable que recuerda al pintor de Figueras, solo que a éste le obsesionaban los saltamontes y las mariposas y El Bosco prefería los peces. También recomiendo prestar atención a este tríptico por su singularidad y originalidad. Casi es un jeroglífico que invita, aún sin saber nada del pintor ni de su obra, a intentar descifrarlo.

También deseaba ver el retrato de María I de Inglaterra (pintado por Antonio Moro), hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón. Mi interés, en este caso concreto, no era la obra ni el pintor sino el personaje representado. Hace poco terminó la fantástica serie “Los Tudor” que he seguido con mucho interés y María Tudor era uno de los personajes claves. Quería ver de cerca a “Bloody Mary” apodo que se ganó debido a que condenó a casi 300 religiosos disidentes a morir en la hoguera cuando volvió a instaurar el catolicismo en Inglaterra.

Es evidente que conocer un museo de estas dimensiones e importancia precisa más de un día. Aunque estuve dentro unas 6 horas, incluida media hora para comer, y lo recorrí casi entero, se necesita más tiempo para detenerte en cada obra y pensar en su posible significado o disfrutar solo de su contemplación porque te relaja. Por supuesto volveré.