domingo, 8 de abril de 2018

El mundo perdido (The lost world), 1925.




Antes de Spielberg ya había bichos chungos pisoteando tranvías...


Arthur Conan Doyle (1859-1930) se hizo mundialmente famoso con sus relatos sobre Sherlock Holmes, el detective más famoso de la historia. Menos conocida es su entretenida novela “El mundo perdido” (1912), en la que una expedición liderada por el carismático Profesor Challenger encuentra una meseta perdida en Sudamérica en la que todavía sobreviven dinosaurios y otros animales prehistóricos. Además de tratar de sobrevivir a todo tipo de peligros animales y humanos, Challenger está preocupado ya que nadie le va a creer a su regreso. Así que planea llevarse un souvenir un tanto especial, de los que no se encuentran fácilmente en las tiendas para turistas…

En su momento leí la novela, pero no la recuerdo bien y la tengo pendiente para nuestro club de novela de ciencia ficción. Para ir haciendo boca, hace poco vi la primera adaptación de esta historia clásica al cine. Se trata de una película muda de 1925, protagonizada por Wallace Beery (El estupendo Long John Silver de la Isla del Tesoro de 1934), y dirigida por Harry O. Hoyt en Hollywood. Este director pionero comenzó su filmografía nada menos que en 1916, y en esta película consigue quizás el primer gran éxito de la ciencia ficción en la gran pantalla. Lo más llamativo de la película es que consigue unos efectos especiales divertidos y creíbles para la época, utilizando la técnica del “stop-motion”; en la que se recrea el movimiento fotograma a fotograma. Esta técnica comenzó con las obras de varios pioneros, como el inglés Stuart Blackton, el francés George Méliès y el español Segundo de Chomón. Por cierto, de este último podemos ver “El hotel eléctrico” en Youtube, que ilustra claramente esta técnica que exige mucha paciencia.


La película es bastante fiel al original, pero introduce un personaje femenino en la expedición, ausente en la novela (cambio que será copiado por muchas producciones futuras), y aumenta la espectacularidad del final. Los efectos especiales no fueron lo más importante, sino la propia historia, que influyó en la trama de todas las películas del subgénero “monstruos prehistóricos” a partir de entonces, empezando con la magnífica “King Kong” de 1933, que se inspira claramente en ésta, y acabando con la saga de Parque Jurásico. En todas ellas disfrutaremos de personajes más o menos frikis en la expedición, visitaremos mundos exóticos llenos de bichos gigantes con mala leche, y el más chungo se las apañará para escaparse y modificar el urbanismo de alguna ciudad, inicialmente Londres, pero más frecuentemente, Nueva York.

En definitiva, si eres fan del género, puedes ver The Lost World, aunque sea un rato en Youtube, si bien al parecer existen varias versiones de la misma, con una curiosa historia sobre copias rescatadas.





domingo, 11 de marzo de 2018

Toledo y la lluvia

Por lo mucho que escasea, la lluvia en Toledo siempre es una maravilla:



















Vean y disfruten:



sábado, 3 de marzo de 2018

Philip K Dick electric dreams




















Jarrrr, ya me liao otra vez con el fistro del secadorrr...


Philip K Dick ha sido un filón para el cine. Muchas películas se han basado en relatos suyos, y la mayoría son bastante buenas. La más importante fue Blade Runner (1982), a partir del relato ¿sueñan los androides con ovejas eléctricas?. Otra película famosa y muy entretenida fue Minority Report (2002), basada en el relato de igual título de 1965. También destacable resultó Desafio total (1990), llena de acción y entretenimiento, pero en este caso, el relato original (Total recall) resulta mucho más interesante. En él, Philip K Dick aborda su gran preocupación: ¿qué es realidad, qué es ficción, es posible diferenciarlas?.

Este tema está presente también su novela de historia ficción y mundos paralelos El hombre en el castillo (The man in the High Castle), que cuenta con una interesante adaptación en una serie de televisión de Amazón. Aunque no se ciñe mucho a la novela original, utiliza sus ideas para construir una historia alternativa inquietante y muy bien construida.

Amazón ha redescubierto el potencial cinematográfico de los relatos de Philip K Dick, porque hace poco nos ha sorprendido con otra serie, Philip K Dick’s electric dreams, producida por la británica Channel 4. Consta de diez capítulos basados en otros tantos relatos del autor.

La serie utiliza las ideas originales de los relatos pero generalmente les aplica una capa de tecnología, supongo que influenciada por el éxito de la estupenda Black Mirror. Por desgracia el resultado es irregular. Varios episodios son entretenidos, con argumentos conocidos y clásicos, algunos son flojillos, y finalmente, hay otros estupendos. Pero incluso en episodios previsibles, como Planeta imposible, nos encontramos con sorpresas agradables; en este caso, con una enigmática Geraldine Chaplin. Yo recomiendo dos episodios, que merecen mucho la pena: Autofac, con una historia postapocalíptica clásica e impactante, y sobre todo, Safe and sound, una triste e incisiva reflexión sobre la seguridad frente a la libertad.

Los seguidores de Philip K Dick estamos de enhorabuena, ya que sus relatos siguen siendo fuente de inspiración para los guionistas y directores actuales.



Eso si, no conviene dejar de leer de vez en cuando alguno de sus cien relatos originales….












martes, 27 de febrero de 2018

Marie Skłodowska Curie, el valor del conocimiento



Marie Curie, el valor del conocimiento, es una interesante coproducción entre Polonia, Alemania y Francia, que narra los años centrales de la vida de Marie Sklodowska Curie. Fue dirigida en 2016 por Marie Noëlle, guionista de “La mujer del anarquista”. Narra la vida personal de Marie Curie desde la trágica muerte de su marido Pierre Curie en 1906, hasta la consecución de su segundo Premio Nobel, de Química (fue la primera persona en ser galardonada con dos premios Nobel). Su personaje es interpretado de manera convincente por la actriz polaca Karolina Gruszka.

María  Sklodowska nació en Varsovia en 1867. Tras una infancia dura por las dificultades económicas y por las barreras para proseguir sus estudios por ser mujer, consiguió trasladarse a París en 1891 y continuar sus estudios a pesar de grandes dificultades. En 1895 se casó con el físico francés Pierre Curie.

La película arranca con la dramática muerte de Pierre, atropellado por un carro. Fue una muerte terrible que causó gran dolor en su entorno y en el mundo científico francés. Poco a poco, María se recupera y retoma sus investigaciones con la radiación y su aplicación pionera en el tratamiento del cáncer. Pero la película adquiere su mayor interés cuando narra dos de los episodios más conocidos e impactantes de su vida. Por un lado, la polémica y bochornosa votación en la Académie des sciences que negó su incorporación en 1911. Y por el otro, en el escándalo de su relación sentimental con el físico Paul Langevin, aireado por una prensa amarilla que casi le costó su segundo Nobel. Por suerte, Marie supo defenderse con dignidad.

"El premio me lo dieron por el descubrimiento del radio y el polonio. Creo que no hay ninguna conexión entre mi trabajo científico y los hechos de mi vida privada".


Menos comedido resultó su colega Albert Einstein.

"¡Ve a Estocolmo! Estoy convencido de que debes despreciar este alboroto. Si la chusma sigue molestándote, deja de leer esas estupideces. Déjaselas a las víboras para las que fueron escritas".

La película trata superficialmente los aspectos de su investigación científica, aunque existen otras películas y series que la abordan con más detalle. Al menos yo recuerdo haber visto una interesante serie hace años, que podría ser ésta:

http://www.imdb.com/title/tt0075534/


Esta película, aunque no es redonda, resulta aconsejable precisamente por profundizar en momentos intensos y dramáticos de su vida. También es bonita la vida familiar con sus hijas (una de ellas, Irene Joliot Curie, resultó galardonada con el Premio Nobel de Química en 1935)

A destacar el original final, con una alegre Marie dando un paseo por París...







sábado, 6 de enero de 2018

The clockwork universe: Newton y el nacimiento de la ciencia moderna.



The clockwork universe es un libro de historia de la ciencia de Eduard Dolnick, un escritor americano que trabajó como periodista especializado en temas científicos en el Boston Globe. Su libro más conocido, The Rescue Artist: A True Story of Art, Thieves, and the Hunt for a Missing Masterpiece (2005), narraba el robo y la recuperación del cuadro “El grito”, de Munch.

En esta ocasión, Dolnick nos traslada a la Inglaterra de comienzos del Sg XVII. Londres vive un momento de expansión comercial, pero sus calles son ruidosas y caóticas. Existe una gran inseguridad, la gente vive en un mundo de suciedad y supersticiones, y las plagas asolan la población de manera regular. Dentro de pocos años, el descuido de un panadero desatará un pavoroso incendio que arrasará la ciudad.


Esta catástrofe sirvió sin embargo para acabar con el Londres medieval y edificar la enorme ciudad que hoy conocemos, de la mano del genial arquitecto Christopher Wren.

Pero el gran cambio para Inglaterra y para todo el mundo estaba todavía por llegar. Isaac Newton había nacido en 1642, y su curiosidad le llevó a explorar campos como la alquimia y la astrología. Afortunadamente, en sus ratos libres se permitió el lujo de sentar las bases de la ciencia moderna. Dolnick narra de manera amena el difícil carácter del genio y su camino hacia el podio (seguramente, es el científico más importante de todos los tiempos), explicando claramente sus aportaciones a la física clásica, la óptica y las matemáticas.

Además, el libro no se limita a hablar de Newton. Aborda, de manera más breve, las aportaciones de otros grandes científicos; especialmente Gottfried Leibniz, que desarrolló de manera independiente el cálculo diferencial. Por desgracia, este hecho le llevó a un duro enfrentamiento con el genio inglés, que no tenía un carácter especialmente agradable…


Otros curiosos e interesantes personajes pueblan el libro, especialmente un grupo de científicos que fundaron en 1660 la Royal Society of London, entre ellos, el propio Wren, Roberty Boyle y John Wilkins.


En definitiva, se trata de un libro de amena lectura y muy interesante para conocer el nacimiento de la ciencia moderna.


domingo, 17 de diciembre de 2017

LA LIBRERÍA


El libro es fuerza, es valor,
es poder, es alimento;
antorcha del pensamiento
y manantial del amor
”, Rubén Darío

En 1959, con los ecos de la guerra aún resonando en la memoria y la gente luchando para superar sus secuelas, una viuda, que intenta recuperarse de la devastación emocional por la muerte del marido, decide abrir una librería, The Old House Bookshop, la primera, en una pequeña localidad de la costa británica. El pasado.

Su amor por los libros (hilo emocional que la mantiene unida al recuerdo del esposo fallecido con quien compartía la pasión lectora) y su decisión chocan frontalmente con la soterrada oposición de los habitantes del lugar, liderados por la doña del pueblo que planea para el hermoso edificio elegido unos menesteres en los que esa librera, tan delicada de apariencia como resuelta, y su coraje no tienen cabida.

Entre trabas legales y bancarias, que buscan minar su resolución, relaciones con vecinos que callan más que hablan y solitarios paseos por unos paisajes de ensueño, Isabel Coixet (que, lo confieso, no se encuentra entre mis directoras favoritas) nos hace participes, con exquisita sensibilidad y contagiosa ternura, del proceso catártico de Florence Green (maravillosa Emily Mortimer) para superar el dolor de la pérdida y seguir adelante con su vida.

Una mirada crítica, no exenta de elegancia, sobre una comunidad pequeña que movida por la envidia e incomprensión se opone a cualquier cambio que pueda alterar el orden establecido. Gente moralmente fea.

Un hermoso relato sobre el encuentro, a destiempo, entre dos personas, Florence y el huraño Sr. Brundish (Bill Nighy), que se reconocen y, por encontrarse en diferentes momentos vitales, se añoran. El presente.

Christine, la pequeña ayudante de Florence, niña soñadora, fuerte e independiente, con una capacidad para analizar los hechos cotidianos y calar a las personas de una manera sorprendentemente madura para su edad. El futuro.

Y la revolución pacífica y silenciosa de los libros, auténticos protagonistas de la historia. Libros aborrecidos (el personaje interpretado por Bill Nighy destroza La inquilina de Wildfell Hall y otras obras de “esas odiosas hermanas Brontë”), libros para descubrir nuevos autores (Fahrenheit 451 de Ray Bradbury) y esperar anhelante su siguiente novela (El vino del estío), libros para escandalizar (Lolita de Nabokov) y seguir alimentando polémicas venideras.

Libros que acompañan. Libros que remueven. Libros que enamoran. Libros que calman la angustia. Libros que sanan el alma. Libros que permanecen. 

Para quienes adquirimos en la niñez el gusto por la lectura, es esta una película evocadora que nos retrotrae a todos aquellos momentos en los que la magia escondida en cada uno de los libros que devoramos en la intimidad nos liberó del miedo. Entre sus tapas olvidamos complejos e inseguridades que, a medida que cumplimos años, fueron disolviéndose, quedando sus restos adheridos a las páginas de los cuentos y novelas que nos enseñaron a pensar, aceptarnos y cuestionar.

Los adictos a la tecnología se aburrirán.

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe...”, Ray Bradbury


Crítica publicada en DCLM  y CLM24.

EL AUTOR

Álvaro, que trabaja en una notaría, está casado con Amanda, una exitosa escritora de best‐sellers. Cuando el matrimonio fracasa y pierde su empleo, decide empezar una nueva vida intentando cumplir su gran sueño: escribir una novela, pero no una cualquiera sino una de las que permanecen. El problema es que Álvaro, que lleva años tirando el dinero en simposios y talleres literarios, no tiene nada interesante que contar, no tiene facultades ni tiene imaginación.

A partir de esa premisa, Manuel Martín Cuenca, el director, nos narra como un hombre anodino, incapaz de ver la realidad o de enfrentarse a ella, descubre que la mejor manera de pergeñar un argumento, mínimamente original, es crearlo uno mismo con personas reales.

Una comunidad de vecinos, menos desquiciada y bizarra que la de Alex de la Iglesia, compuesta por la portera chismosa, que cae en los brazos de Álvaro transida de amor, y su desvencijado marido, una pareja de inmigrantes con problemas para llegar a fin de mes y un anciano huraño y xenófobo aficionado al ajedrez, son los ingredientes con los que cuenta nuestro protagonista para cocinar la novela de su vida, tutelado por el profesor que le imparte las clases de escritura creativa (un Antonio de la Torre que es de lo mejor de la cinta), su particular garrapata, quien aprovechándose de la cerril ceguera que aqueja a este aspirante a autor y le impide ver sus nulas capacidades literarias, no solo lleva años chupándole la sangre sino que se las apaña para encontrar nuevas fórmulas para seguir haciéndolo en el futuro.

Tan brillante como laberíntica, tan ofuscada como libre, profunda a fuerza de superficial”, dice Luis Martínez de El Mundo. “Inteligente, atrevida y rara”, la define otro. “Busca un público más exigente”, apostilla un tercero. Si ante tamaña unanimidad de los más afamados críticos cinematográficos del panorama nacional a la hora de alabar las excelencias de esta obra, llegamos a este punto y El autor no te ha encandilado, como me sucedió a mí, entramos en terreno pantanoso.

La etiqueta de inteligente aplicada a una película siempre me ha mosqueado porque implica que si no te encanta es porque no la has entendido y, en consecuencia, eres más tonto que Abundio, ese prócer de nuestra cultura popular que cuando iba a vendimiar se llevaba uvas de postre.

Pero por mucho que una no se considere una lumbrera, no creo que éste sea el caso. Capto perfectamente la intención satírica de la propuesta: el director busca ridiculizar el proceso creativo y burlarse de quienes, al democratizar la escritura por intereses espurios, han convencido a personas de todo tipo y condición de que pueden dedicarse al noble oficio de la escritura solo con tesón y sin pizca de talento. Todo ello narrado de una manera supuestamente aguda que yo, supuestamente obtusa, no supe apreciar.

El piso al que nuestro autor se traslada para acometer su gran reto, grande, luminoso y sin apenas muebles, empieza como metáfora de la hoja en blanco que espera una explosión de creatividad de ese autor en ciernes y termina convertida en metáfora de su vacío intelectual y falta de escrúpulos.

Pero que alguien sin genio ni habilidades, incapaz de reconocer sus carencias y aceptarlas, de pronto (¡Allez hop!) se convierta en un maquiavélico titiritero que, para escribir una historia real que supere a la ficción, hace danzar a su antojo a marionetas de carne y hueso, lo siento pero no me lo trago.

Ser un gran manipulador conlleva una gran inteligencia y este autor carece de ella por lo que, desde el principio, se intuye que acabaran dándosela con queso, algo que, por previsible, le resta interés al asunto y ahonda el tedio.

En cuanto al sentido del humor, ni siquiera la literalidad con que Álvaro pone en práctica el consejo de su mentor (“para escribir bien hay que poner los cojones sobre la mesa”) logra arrancarme una sonrisa.

Así que no soy yo, es Manuel Martín Cuenca.

Caníbal, la otra película de este director que he visto, una “rara avis” en el universo de los filmes sobre asesinos en serie, de monótona aburre. Es más, por mucho que el respetable sastre granadino guste maridar un buen vino con apetitosos trozos de mujeres desconocidas, es tan estoica la interpretación de Antonio de la Torre que en ningún momento llega a aterrorizarte, más bien te da modorra (ojo, que puede que la culpa no la tenga el director sino el empacho de grasa femenina, no digo yo que no).

En El autor escucho hablar de envidia, frustraciones varias y perfidia, pero ninguna de ellas me llega como espectadora.

Como decía Orson Welles, “Lo peor es cuando has terminado un capítulo y la máquina de escribir no aplaude”.

En el Festival Internacional del Cine y la Palabra, CIBRA, Javier Gutiérrez recibió el premio a la mejor interpretación masculina por El autor, su último trabajo, adaptación de uno de los cinco relatos incluidos en El móvil, primer libro de narrativa de Javier Cercas publicado en 1987.

Yo sigo prefiriendo al Javier Gutiérrez de La isla mínima.


Crítica publicada en DCLM  y CLM24.